Se está muriendo

- 16 de mayo de 2019 - 00:00

El humanismo originario fue concebido desde hace 2800 años por los griegos, con el fin de esculpir la obra de arte más trascedente, el “hombre viviente” (Jaeger). Consistió en un proyecto destinado a recrear la naturaleza humana, de tal manera, que de su propia sustancia apareciera un ser distinto en su forma y espíritu, como parte de una comunidad orgánica y política. Ese propósito se alcanzaría mediante la fuerza formadora de la educación, una vez lograda la consciencia sobre las leyes que gobiernan las cosas, las formas, el lenguaje y el sentimiento.

El arte fue una de las expresiones más elevadas del proyecto educador humanista de los griegos, puesto que encarnaba la belleza como reflejo del dominio de las leyes de la naturaleza humana y la armonía. La filosofía fue una práctica mediante la cual se establecían las preguntas fundamentales y las respuestas sobre la dinámica del universo, en tanto la política configuraba las relaciones dentro de la comunidad, cuyo elemento central fue en su momento, la reflexión sobre la justicia.

El humanismo europeo se deformó en su tránsito por otros tiempos. Durante la Edad Media se expresó en la idea de un alma divina e inmortal; en el Renacimiento se reacomodó a los fines de la Ilustración y la sociedad burguesa. Usado por el imperialismo y el colonialismo fue impuesto en América, donde reaccionó desde su originalidad, de la mano de Bartolomé de las Casas, quien desarrolló el ideal humano encarnado en la población indígena de América. De ese humanismo en constante danza con el mundo aborigen, surgió lo mejor de América Latina.

El humanismo se alejó tempranamente del principio de comunidad orgánica y debido a su antropocentrismo, que concibió al hombre como centro y totalidad, terminó por separarse radicalmente de la naturaleza circundante. De esa manera fue fácilmente sesgado hasta transformarse en un individualismo mercantil, que desvaneció el proyecto cultural formador.

Quedan pocas dudas de que el proyecto humanista está muriendo, aunque aún no podemos establecer el tiempo exacto de su muerte, dado a que los minutos con los que se mide la cultura son inmensamente más largos, que los que nos indican nuestra efímera existencia. Tal vez del moribundo exude un neo humanismo o un eco humanismo, pero mientras transcurre la agonía, los que nacimos impulsados por la utopía educadora, andamos como alma en pena. (O)

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