Hiroshima, mon amour

- 07 de agosto de 2018 - 00:00

Era el lunes 6 de agosto de 1945. El Enola Gay, un avión de la fuerza aérea americana, llevaba en su interior a “Little boy”, la bomba nuclear que a las 08:15 casi borraría del mapa a la ciudad japonesa de Hiroshima. Producto de esta murieron alrededor de 160.000 personas, casi todos civiles. Tres días después, otra bomba, “Fat man”, cayó sobre Nagasaki, matando a unas 80.000 mil personas. Al menos la mitad de ellas murieron inmediatamente o en los días posteriores a los bombardeos. Muchos repentinamente calcinados, otros sufriendo la peor de las agonías imaginables. Los supervivientes, según se dice, caminaban como fantasmas, con las manos extendidas y la piel quemada o colgada. Aún hoy, unas 80.000 personas permanecen sin ser identificadas.

El Proyecto Manhattan había nacido como producto del temor estadounidense de que la Alemania nazi desarrollara una bomba nuclear. Fermi y Szilárd habían realizado investigaciones al respecto, citadas luego en una carta que Einstein había dirigido a Roosevelt acerca de las potencialidades del uranio. Sin embargo, para la época en que “Little boy” y “Fat man” arrasaron con Hiroshima y Nagasaki, Alemania había caído ya a manos aliadas. Italia, mucho antes. El Pacto del Eje había quedado insustancial, con Japón apenas en pie para poder enfrentar a solas una guerra que el propio emperador Hirohito sabía que no podía ganar. Hoy por hoy, muchos historiadores y estudiosos de la guerra sostienen que estas dos bombas resultaron innecesarias para casi todos los efectos.

Este verdadero genocidio abrió la puerta a una era en la que, por primera vez en la historia, el ser humano poseía la capacidad suficiente para su aniquilación total. Las “sombras nucleares” que aún se pueden ver en Hiroshima –recuerdo de los cuerpos que al instante se desmaterializaron– constituyen solo una de las huellas de esa posibilidad que hoy, 73 años después, sigue latente (aunque con frecuencia convertida en un conveniente “souvenir” de la política internacional). A propósito del suceso, decía nuestro poeta J.E. Adoum: «Souvenirs from Hiroshima / Souvernirs from la época maravillosa de la infancia / A quién mierda pueden importarle el amor o la poesía si ya no se usan / Adiós estatua griega ciencias del hombre proporción dorada / Good-bye Dios». (O)