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El Telégrafo

Hambre, desnutrición y política

22 de abril de 2011 - 00:00

Son temáticas que recorren Latinoamérica de arriba para abajo con visiones distintas. La vieja intelectualidad, agazapada en la tradición de que solo es posible la política al interior de las viejas instituciones, considera que el hambre y la desnutrición son tan inevitables como las propias elecciones democráticas. Entre los tres elementos, la democracia aparece como la de mayor valía por su fundamento en el bien común aunque, por el otro lado, olviden que esos electores sufren de hambre y desnutrición.

La causa para estos defensores del viejo orden radica en que la sociedad, los individuos son culpables, a través de sus representantes, de no dejar que la asignación de recursos por parte del mercado domine el quehacer humano. Entonces no es el mercado ni las instituciones las que fallan sino cada uno como ciudadano. Afirman: nos falta aprender a ser verdaderos ciudadanos, ahora somos ciudadanos fallidos. Consideran que las viejas élites tienen que dirigir el destino económico-moral del país.

Vieja intelectualidad ahora compuesta por jóvenes pensadores que restriegan por donde pasan que el (neo)liberalismo y su corazón, el libre mercado, son la única salida al atraso y el camino al progreso. Elaboran sus argumentos desde los privilegios sociales sin entender que cuando hay pobreza es producto de relaciones sociales en desigualdad, estructuradas y avaladas por la vieja institucionalidad.

Dicen que hay evidencias empíricas en Perú o Chile, que siguiendo el modelo “liberal” -son tinosos en no decir neoliberal- crecen rápidamente. No dicen que Perú creció en el 2010 en 8,78%, el 45% de sus niños vive en la pobreza y va en crecimiento. Que el 33% de peruanos es pobre y el 15% está en la extrema pobreza. El 18% de niños sufre de desnutrición crónica. Un 8,6% de los peruanos está desempleado y el subempleo alcanza el 83,1% (BID, Cepal). Cuando sus exportaciones se han triplicado en casi 10 años. Chile, en su sueño de entrar al club selecto de países desarrollados (OCDE), acaba de restregarles en la cara que el grado de segregación social educativa (índice de Duncan) es de 0,86 cuando en la OCDE es de 0,46. Que los niños y jóvenes están separados por el nivel de ingresos de sus padres. En la universidad los aranceles son superiores al doble que en EE.UU. y 8 veces más que en Francia. El país con mayor desigualdad de ingresos, concentrador de la riqueza e inequitativo.

Estos son los mitos del crecimiento sin desarrollo y peor sin redistribución de la riqueza.

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