La grandeza del cristianismo

- 18 de junio de 2019 - 00:00

Decía Albert Camus: «Creo que tengo una idea justa de la grandeza del cristianismo, pero quedamos algunos en este mundo perseguido que tenemos el sentimiento de que si Cristo ha muerto por algunos, no ha muerto por nosotros. Y, al mismo tiempo, nos negamos a desesperar del hombre. Sin tener la ambición irrazonable de salvarle, queremos por lo menos servirle. Si bien nosotros consentimos en prescindir de Dios y de la esperanza, no prescindimos tan cómodamente del hombre».

Como algunos saben, en el ámbito de la filosofía de estilo “continental”, tengo una clara predilección por la obra de Camus. En estas pocas palabras, por ejemplo, puedo sentirme identificado. En efecto, aunque durante algún tiempo traté de “salvar” mi creencia en la religión –más porque sentía que se lo debía a mi abuela que porque creyera de verdad en ello– terminé aceptando que no podía ver a otro lado frente a ciertas aseveraciones dogmáticas y a una intolerancia frecuente hacia los “otros”.

Acepté mi destino –para decirlo poéticamente– aunque no exista y abracé el agnosticismo: aquella posición de acuerdo a la cual la pregunta “¿Dios existe?” rebasa nuestras capacidades epistémicas, de modo que exista o no, no podemos saberlo y hemos de “dormirnos con la duda”.

Pero claro, la religión existe aunque Dios no exista. Y sus hechos, sus escándalos –pienso, como ya se imaginarán, en la religión dominante– han hecho que sea cada vez menos defendible. Aunque el cristianismo nos haya brindado también varios avances, creo que la suya propia ha crecido manchada.

También es cierto que queda algo, incluso para un hombre como yo, que del cristianismo no puede ser dejado de lado. No de la religión cristiana, sino del cristianismo entendido como el conjunto de enseñanzas morales (no dogmáticas, no trascendentes) de Cristo.

Para un lector agnóstico o ateo de los evangelios, el mensaje moral de Cristo puede llegar a ser maravilloso: la idea del perdón, la redención humana, del amor al prójimo, del reconocimiento de las diferencias y de los diferentes, son valores importantes. La moral cristiana (no la moral de la religión cristiana, ojo), nos lleva a pensar en la actitud anticristiana de intolerancia de muchos religiosos frente a las personas como son, no frente a lo que han hecho.

Ahí están, por ejemplo, quienes reprochan el lesbianismo, pero callan frente a miles de casos de abusos en su propio seno. Es lícito preguntarse si es esa la actitud cristiana que predican. (O)

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