García Moreno ante el caos

- 15 de marzo de 2018 - 00:00

¿Ecuador es un país volcánico y caótico? Eso creía Gabriel García Moreno. Trazó un proyecto: crear un imaginario donde confluyeran las ciencias y las artes, pero bajo la tutela de lo religioso. Acaso una anécdota devela esa delgada línea, a finales del siglo XIX.

El jesuita alemán –quien escribió un monumental tratado de geografía y geología del país- Teodoro Wolf causó revuelo por sus enseñanzas con un enfoque científico sobre el origen de la Tierra, donde estaba presente la teoría de Darwin sobre la evolución de las especies. “Cuando un padre de familia se quejó sobre esto ante García Moreno, él repicó: “yo no traje al Dr. Wolf para enseñar religión, sino para que enseñe geología”, justo en los días en que otro religioso alemán, Juan Menten, instaló el observatorio astronómico de Quito.

Otro, Joseph Kolberg, trabajó muy duro en el Politécnico, según se lee en el libro Gabriel García Moreno la formación de un Estado conservador en los Andes, de Peter Henderson. Al final, Wolf –quien ascendió al Cotopaxi tras la erupción de 1877- fue separado de su cátedra. Los científicos jesuitas vinieron por una feliz coincidencia. El “Canciller de Hierro”, Otto von Bismarck, los había expulsado y llegaron al país de los 40 volcanes.

En la investigación Identidades y territorios, paisajismo ecuatoriano del siglo XIX, una antología de Alexandra Kennedy Troya se lee: “El caso ecuatoriano es particularmente interesante ya que durante los gobiernos de García Moreno (1861- 1875) la construcción del nuevo imaginario visual fue oficialmente apoyada en un esfuerzo único en América Latina por organizar nuevas respuestas a partir de un Estado nacional amparado en el poder de la Iglesia. Con ello se crearía un repertorio icónico transcendental que incluía imágenes tan diversas como la del Sagrado Corazón de Jesús, retratos de García Moreno, el paisajismo y la ilustración científica que se dio alrededor de su gobierno, vinculando de manera organizada y deliberada ciencia y arte”.

Rafael Troya fue uno de sus cultores. Realizó 160 pinturas, muchas de paisajes, para la misión naturalista de Reiss y Stübel, quienes las llevaron a Alemania. Mas, una sala en el Centro Cultural El Cuartel, en Ibarra, rescata su memoria, en el esplendor de un país que comenzaba a reconocerse.

Allí se puede apreciar el ideal de la época entre el neoclasicismo y lo romántico: lo bello, lo sublime y lo pintoresco. (O)

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