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José Velásquez

Frank-Walter Steinmeier

21 de diciembre de 2020 00:00

Era febrero de 2019 y el presidente llegaba a Galápagos para recorrer la Estación Científica Charles Darwin y observar de cerca los esfuerzos que se hacen en las islas para conservar un patrimonio invaluable. Había hecho una pausa en su apretada agenda para darle importancia a nuestro tesoro nacional y una vez concluida la visita, retornó a su despacho allá en Alemania. Es que no estamos hablando del presidente Moreno sino del presidente alemán Frank-Walter Steinmeier, quien preocupado advirtió antes de partir que “el paraíso está en peligro”. Para ser justos, el mandatario ecuatoriano sí ha estado en el archipiélago, pero su último viaje fue en octubre de 2017 para una reunión de trabajo con su excolega chilena Michele Bachelet.

En este punto, habrá quien argumente que la comparación no cabe porque Steinmeier no es jefe de estado y su rol es más bien el de un canciller. Pero la discusión no pasa por allí sino más bien por el hecho de que Galápagos tiene un régimen especial por tratarse de un santuario natural único en el mundo y que, por el hecho de estar habitado por decenas de miles de personas, está en permanente riesgo. Merece una atención muy particular pero los gobiernos no suelen dársela.

Eso sí, las islas aparecen en los discursos en el exterior y en el material audiovisual de promoción del país. En el día a día, Galápagos termina siendo como el primo lejano que vemos un par de veces en la vida y del que no sabemos mucho. Este gobierno tuvo el acierto de designar a Norman Wray como presidente del Consejo de Gobierno del Régimen Especial, pero tengo la impresión de que cabalga como Llanero Solitario.

Debido a la pandemia, el régimen dispuso el cierre de puertos y aeropuertos el 16 de marzo, y volvieron a abrirse 4 meses después. La mayoría de la población depende del turismo y el desplome de los números fue, obviamente, abismal. La urgencia que se sentía en Quito y Guayaquil por la reapertura no se compara con el clamor de más de 30.000 habitantes dedicados prácticamente a un solo sector productivo. En septiembre hubo una reunión en Guayaquil para explorar opciones para el despegue del turismo, pero el panorama no es muy alentador.

Como si fuera poco, la pesca ilegal acosó la periferia del Archipiélago poniendo en jaque a su frágil ecosistema. En vista de que ya había ocurrido antes, el presidente Moreno había anticipado en la Cumbre del Cambio Climático de la ONU (COP25) la posibilidad de extender la reserva marina. Eso fue hace más de un año y nada pasó, así es que cuando regresó la flota pesquera otra vez nos encontró con la guardia abajo.

Lo que sí se hizo en julio fue crear una comisión público-privada, con Yolanda Kakabadse y Roque Sevilla a la cabeza, coordinada por la Cancillería y apoyada por entidades de peso como la Universidad San Francisco de Quito y la Fundación Charles Darwin. El foco es el uso sustentable de los recursos y frenar a las flotas pesqueras y a las olas de plástico. Pero los colonos están desesperados por una cosa nada más: el pronto arribo de los turistas.

Es compleja la situación y, sin embargo, Galápagos no parece importar mucho a los candidatos presidenciales. Claro, es un botín electoral que ronda apenas los 21.000 votos. Solo ocho listas presentaron candidatos para la Asamblea y si uno hace un recorrido rápido por los planes de gobierno, el tratamiento del tema ambiental es epitelial sin que haya consideraciones puntuales para el archipiélago.

En la propuesta de gobierno de César Montúfar de 124 páginas no se lo menciona ni una sola vez. Tampoco hay rastros en las “Soluciones Concretas” del candidato Xavier Hervás de la Izquierda Democrática. Nada de parte de la lista 4, de la lista 10 o de la mismísima 35 ni en la colorida “Minka por la Vida” de Yaku Pérez.

El candidato Arauz ofrece “garantizar la protección de las Islas Galápagos” aunque no explica cómo. Mientras tanto el candidato Lasso promete en un video de 25 segundos “reactivar el turismo con respeto a la biodiversidad”. Juan Fernando Velasco en cambio plantea un esfuerzo conjunto entre Panamá, Costa Rica, Colombia y Ecuador para velar por las especies marinas migratorias y salvaguardar su apareamiento. Es el único candidato con una oferta concreta de preservación, porque lo que ofrece Gustavo Larrea es la explotación turística sostenible.

En un lado de la balanza está la necesidad de la gente, y en el otro está el futuro de este laboratorio de la naturaleza. A algunos no les interesan ninguna de las dos cosas. Otros quizás logren buscar un equilibrio, pero mientras tanto pasarán al menos 4 años para que un presidente ecuatoriano viaje y se digne a constatar en persona los problemas de nuestro “paraíso en peligro”. Y a ver si entonces decide incorporar un plan serio de rescate que, ojalá, no llegue muy tarde.

 

 

 

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