Franca inutilidad

05 de abril de 2011 - 00:00

Volvió como si nada, como si prestar el nombre a un hombre riquísimo, para que siga con sus empresas informativas haciendo de las suyas, no fuese una vergüenza. Regresó con ese humor desteñido, al que apeló durante tantos años para mimetizarse como hombre democrático.

Vuelve para develar su auténtica naturaleza que quizá con los años le vino encima, con la angustia de no acumular fortuna material alguna, ni para heredar a la descendencia. Pusilámine, esa su composición actual, y no solo frente a una cámara o un micrófono. La necesidad de jugarse por algo distinto lo develó apocado.

Volver para decir lo de siempre, con los recursos de un humor al servicio del pasado, de lo peor de ese pasado, ya cansa. Hay que oír lo que dice, solo como obligación profesional, para confirmar que esta hora tiene eso de malo: soportar tanto cinismo, tanto acomodo.

Él dirá, ellos dirán, que responder o insultar a un presidente los deja inermes, como si la oligarquía detrás de ellos no fuese el verdadero poder. Pasa el tiempo y se acrecienta su angustia, muchas cosas serán irreversibles. Por ahora muy pocas. Las empleadas domésticas, por ejemplo, ya no serán tratadas como esclavas. Pero la salud, la educación pueden regresar a la ignominia.

No estaba en circulación. Yo creía que era por sus nuevas preocupaciones: las de manejar acciones de mentiritas, que algo seguramente dejarán. Ha vuelto y el método es el mismo: con la burla manida negarlo todo. ¿Por qué jamás contrasta el pasado con el presente?

En salud, por ejemplo, sería bueno saber qué pasa cuando comparamos los cuatro años anteriores a Correa. Hay problemas, sí porque no estamos en la península escandinava, pero mucha más personas reciben un servicio digno. Hay problemas que no se resuelven de un día para otro.

Las políticas sociales, si se es honesto, se analizan en periodos suficientes para medir su validez. Precipitarse, negando este comportamiento histórico, es estar al servicio de los intereses del pasado, de unos poderosos que tomaron por asalto al Estado. A esos poderosos sirven ciertos medios, en realidad son parte de ellos y muchos trabajadores, como él, han traicionado a las aspiraciones de cambio. Al dinero, al verdadero poder, parecen decirnos, no se traiciona jamás.

Aquí lo tenemos, sumado al ruido, sus gestos nerviosos, su palabra como tiple e histrionismo son la viva representación de una comedia trágica que nos acompaña mucho tiempo. Es de una generación que no pudo y no quiere que podamos. Ahí la inutilidad de su vuelta.