Filantropía y la privatización de los servicios

- 13 de mayo de 2016 - 00:00

La Fundación Bill y Melinda Gates decidió deshacerse de su participación accionaria en British Petroleum, la misma British Petroleum del derrame del Golfo de México. No es la solución al problema climático, y la Fundación lo sabe, pero es un paso en el camino adecuado. Un paso algo tardío, un paso aligerado por la inevitable caída del precio del petróleo, pero un paso al fin. La Fundación Bill y Melinda Gates también han prometido donar $ 100 millones para resolver los problemas de desnutrición en Nigeria. También sé que quieren revolucionar la educación en el ‘sur global’. Me alegra saber que todos esos millones acumulados en varios años de prácticas monopolísticas están siendo invertidos para que este mundo sea, pues, un mundo mejor.  Pero como todo, la Fundación Bill y Melinda Gates tiene sus propios intereses. Y estas noticias no son aleatorias. Más allá de la privatización de la provisión de servicios y la transformación de los derechos en obras de caridad, estas noticias son un reflejo del estado del mundo y los medios. Las tres noticias aparecieron en The Guardian (uno de los medios más grandes de Inglaterra). Sin embargo, en ningún momento The Guardian se tomó el trabajo de mencionar que la Fundación Gates hace constantemente ‘donaciones’ a The Guardian. Y a Al-Jazeera. Y a la BBC.

Y a CBS.  Básicamente, a todos los medios, lo cual es una manera de obtener tan buena cobertura, y tan positiva.

Ahora bien, la labor de la Fundación Gates, en general, no parece ser mala. Contribuye para el desarrollo de curas para la malaria, programas para la prevención del VIH-sida, apoya a las cooperativas que otorgan créditos baratos, etc. Pero a su paso también crea un discurso. Los discursos están muchas veces ligados a estos fines. En 2009, un reportaje del New York Times mencionaba cómo la fundación coproducía programas de TV a cambio de incorporar mensajes en ellos. El ‘posicionamiento de productos’ de la filantropía.

También está el otro tipo de mensajes. Aquellos disfrazados de esperanza. La Fundación Gates invirtió en la película Esperando a Superman, un documental sobre los beneficios de las escuelas chárter, que son una manera de privatizar la educación (usando fondos públicos, vaya contradicción). El documental ataca agresivamente a los sindicatos de profesores (los profesores en las escuelas chárter no son sindicados) y muestra las falencias del sistema público tradicional. También hay una escena de niños llorando porque no salieron sorteados en una lotería para ver a quiénes la escuela admite. El sistema tiene falencias, y muchas, pero lo que las escuelas chárter hacen es concentrar la mayor cantidad de recursos donde las personas tienen esos recursos, quitando plata del sistema que trata de llegar donde las personas no tienen estos recursos. Y un sindicato, con sus problemas, pero que incluso con el poder que el documental dice que tienen, no ha podido demandar salarios dignos para sus profesores.

Es el problema de la privatización de la provisión de servicios: esta provisión estará condicionada por las preferencias de una élite, cuya discreción estará basada en lo que ellas asuman como lo óptimo, desde la comodidad de las riquezas. El mismo cuento repetido una y mil veces sobre el trabajo duro y la búsqueda de la felicidad, las historias (excepcionales, en cuanto son la excepción) de aquellos que no tenían nada y ahora lo tienen todo gracias a su duro trabajo (pero que olvida la gran mayoría que lo heredó todo y lo acumuló, en parte, gracias a la explotación de la misma clase social a la que ahora buscan ayudar).

Porque, en este discurso, los pobres no trabajan duro. Porque, en este discurso, los pobres son pobres por vagos, o porque el Estado les regala todo. Porque, en este discurso, los sindicatos protegen a la displicencia y a las deficiencias, y no los derechos de los trabajadores. Es un discurso que ha tomado nuevas dimensiones, donde cada donación, cada regalo, viene atado a la imposición de una visión del mundo. Como dicen los economistas: No existe tal cosa como un almuerzo gratis. (O)