Yo feminista

- 09 de marzo de 2020 - 00:00

Un tumulto de machos cabríos, con sobredosis de testosterona y déficit neuronal, atacan al feminismo y lo tachan de soez, pecaminoso y desfasado. Yo era de esos en la Universidad. El orangután de la manada. Pero sufrí una metamorfosis. No pude seguir fingiendo que no veía lo que sigo viendo.

Todo empezó en el 2012, recién graduado en mis primeras audiencias. Noté que a mí los jueces me decían “doctor”, mientras que a las abogadas les decían “señorita”. Así me di cuenta que somos diferentes.

Claro, somos diferentes desde que la mujer en Roma no podía ser pater familias, desde que durante siglos matar o mutilar a una mujer era una ofensa al marido. Pero obvio que somos diferentes, si hasta los 80s en el Ecuador los hombres firmaban por ellas y hasta los 90s el honor conyugal era sólo nuestro.

¿Qué me transformó? Un baño de realidad. Veinte eventos. Hoy ejemplificaré tres: 1. En el 2013, en un hospital en Esmeraldas, escuché a dos hombres, afuera de la sala de maternidad, lamentándose que a ambos “les habían nacido putitas”. Les pregunté, curioso, a qué se referían. Me desasnaron: “en este mundo o se nace varón o se nace putita”; 2. En uno de los primeros casos de violación que manejé, en el que el marido torturaba y obligaba a su esposa a tener relaciones sexuales, el Fiscal me gritó: “¿Cómo va a ser delito si la mujer tiene el deber conyugal de consumar?”; 3. Vivo en un medio de abogados, donde los más caducos piropean a las damitas y les invitan “a pasar lindo”, luego, como niños traviesos, ríen.

Así descubrí mi yo feminista y decidí preguntarles a esos hombres en el hospital si sus madres también eran putitas; a ese Fiscal si su madre por el deber de consumar lo parió a él y a esos libidinosos judiciales si es que a sus hijas también les gusta “pasar lindo”, para invitarlas.

Y sí, a mis amigas Lolo, Lore, Silvia, Negra, Mayra y Gina, a veces se les va la mano. Y está bien, pues su lucha no se batalla con flores y ambigüedades. Aquí no hay terreno para ser tibias. Ser feminista es, como primer paso, ser capaz de ver y no callar.

Y no, nunca escribiré ellas y ellos, los jueces y las juezas, ni pondré @ asexuadas al final de las palabras. Mi forma de ser feminista es burlarme de los retrasados históricos, enfrentar a los analfabetos genéticos, educar a los machitos que piden a gritos terapia, cerebro y modales. Mi yo feminista es una forma menos hombre de hombría y más humana de la razón. (O)

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