Faltémonos el respeto

20 de abril de 2011 - 00:00

Con un verbo tan duro y potente como una erección juvenil, Calle 13 penetra y rompe las tiesas membranas del pudor. La presentación del grupo puertorriqueño en Guayaquil le viene bien a mi breve exploración sobre el origen de la etiqueta de lo obsceno. Mientras escucho su “Mala suerte con el trece” a dúo con la Mala Rodríguez (con solo verte las rodillas yo me lubrico/¡ay, que la tienes muy pequeña chico!/pero eso lo sabes tú na má y ahora todo Puerto Rico) encuentro estrofas que serían más adecuadas para mi exploración, pero no quiero que el lector se escandalice hasta el punto que decida dejarme con la bata alzada.

¿Pero por qué se escandalizaría el lector? ¿Existe realmente algo obsceno en las palabras? ¿Dónde está? ¿En la idea que representan? ¿Quién traza la línea? No parece haber respuestas: mientras la palabra “verga” se considera obscena, la palabra “pene” no lo es y, sin embargo, las dos representan lo mismo: el falo.

Antes de la aparición del capitalismo, sacerdotes visionarios descubrieron cómo privatizar nuestro cuerpo y la única propiedad con la que nacemos pasó a ser propiedad de ese dios guardián de religiones mercenarias. Esto nos trajo conceptos extraños como “partes privadas” y otras que, aparentemente, no se relacionan con el sexo, como cara, dedos, manos, etc.  Pero basta acercarlas a una parte “privada” (propia o ajena) para que se llenen de diabólica mugre, a tal punto que se corre el riesgo de sufrir una infección masiva que gangrena  el alma.

A  todos nos han enseñado a mantener ocultas nuestras partes privadas, pero eso no parece ser suficiente. Se pretende erradicar toda representación que evoque esas partes “sucias” del cuerpo; no importa si es  el  dibujo de una vagina, o una mano con el dedo medio extendido. Tanto éxito ha tenido esa censura puritana que “hombres sabios” han incluido la amenaza de lo obsceno en las leyes para consagrar a nuestras autoridades, como si fueran semidioses y no personas. Supongo que creyeron  que estas distracciones podrían hacerlos perder su lucidez y ahí sí sonaríamos todos.

No es sana ni deseable esa asepsia.  La vida no se desarrolla en un quirófano: es tierra, sudor, sangre, semen. Su presencia nos indica que no somos dioses, que estamos vivos. Gracias a ellos el cuerpo estalla y el alma se regocija. 

Hoy me voy al concierto de Calle 13, a portarme mal, a mezclar fluidos, a cantar a grito pelado esas fantásticas obscenidades y a levantar mi dedo medio para señalar a la fokin luna.