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Mariana Velasco

Experiencia acumulada

17 de noviembre de 2021 00:36

Llegar a los sesenta, ochenta o noventa años es conocer la riqueza, la densidad del ayer, lo frágil y precario del mañana. Es estar dispuesto a vivir intensamente la década que se abre con la lúcida convicción de que puede ser la última o —por lo menos— la última que se podrá vivir intensamente.

A lo largo de las décadas crecimos como el árbol; cada uno —igual que la ramas— robusto, débil, fuerte, enredadera que dio luz y proyectó sombra, siempre con las mismas raíces. En ese trajinar, se superó la envidia que se maquilla de amabilidad, que se pone perfume de cortesía y sale a la calle disfrazada de buena voluntad.

Pertenecemos a las generaciones cuyo mandato es ser. Hombres y mujeres lo intentamos tal como afirma el Pájaro Febres Cordero, ‘Soy lo que pude ser’. A muy pocos les cabe el privilegio de afirmar soy lo que quise ser. En la medida de las posibilidades convertimos los sueños en realidad al ser probos ciudadanos, profesionales, esposos, madres.

A esta edad se adquiere respeto por los espejos porque no mienten, se torea a las dietas al conocer al cuerpo a través de un diálogo permanente y franco, para aprender a convivir con los caprichos de la digestión, los ritmos del corazón, la capacidad pulmonar y la susceptibilidad de las articulaciones en tiempos de lluvia.

Cada mañana, al despertar, se saborea el agridulce del dolor de la columna, garganta, articulación, cabeza o rodilla. Nos sentimos vivos y agradecidos en cuánto a los pequeños o grandes estragos de los años acumulados. 

Tener 60 o más años es asombrarse de lo logrado con los hijos que rayan las décadas de los 40 y 50. Es por fin inaugurar nuevas miradas, diferentes diálogos con ese sentimiento de desprendimiento y de levedad frente a ellos. Es no dudar de quiénes son los verdaderos amigos, así como haber ganado la dispensa de no simular más frente a los otros y es además, no tener el cierre dañado para afirmar o negar.

Esta vida prestada nos arrancó lágrimas, mas no logró borrar la sonrisa. Nos robó una que otra ilusión y con el paso de los años, dibujó unas cuántas arrugas en el rostro, avatares que dan fuerza y hacen crecer. Es poseer un corazón que no se rompe ni es estéril para disfrutar de la felicidad de ser imperfecto al conversar con la soledad, nunca sentirse sola con ella y no lamentarse por lo que no fue ni preocuparse por lo que será.

Llegar al sexto, séptimo o noveno piso sin ascensor, es ya no pedir permiso a nadie para cumplir viejos sueños: volar en parapente, tomar un Baileys antes de chatear con el amigo al otro extremo del mundo o, a las tres de la mañana, al no conciliar el sueño, prender la luz para releer un capítulo de ‘Soledad Sonora’, de Antonio Gala.

Hoy, tener sesenta o más años, es a veces ser abuela indecente, enamorada, liviana y sin culpa porque la vida transcurrió como un corto sueño y en tan solo una noche cruzó del umbral de la infancia a las puertas del otoño.

La cédula de identidad recuerda fechas. Ello no es impedimento para dejar de ser sensibles, frágiles y audaces al analizar y comprender la juventud y experiencia acumuladas. Sin embargo,  correr detrás del tiempo como Richard Carapaz —procura no descolgarse del pelotón— no es factible al no imprimir su ritmo. Es un hecho que hay que aceptar, todo es pasajero y provisional.

Las canas y sabiduría nos conceden la gracia de entender el misterio de la vida al sensibilizarnos ante los atropellos cuando a la vuelta de la esquina, una mujer como cualquiera de nosotras, es desplazada, violentada y olvidada. De hecho, pretendo convencer a las amigas y conocidas que, al entrar en esta etapa es necesario aprender a burlarse de los discursos de una cultura que nos quiere o nos vuelve invisibles, calladas o deterioradas. Discursos de una sociedad basada cada vez en una lógica de mercado que exige productividad, consumo y que los medios de comunicación se encargan de difundir a través de la publicidad que muestra el universo de una juventud asociada a la belleza, al éxito y al amor.

Es temprano para despedirse y empezar sin temor ni tristeza a confrontar con la muerte, cuando de vez en cuando se asoma tímida, pero inexorable. Mientras la única certeza llega, les invito a disfrutar del presente y los placeres sencillos de lo cotidiano. El tiempo que queda… ame la vida por ser el único obsequio que no recibe dos veces. El resto, dejamos a Dios.

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