Europa huele a quemado

- 18 de abril de 2019 - 00:00

Las llamas que devastaron la catedral de Notre Dame parecen simbolizar la difícil realidad francesa. Como cada vez que las alarmas sociales se activan entre los franceses, los “Gilet Jaunes” (“Chalecos Amarillos”) vienen reclamando una reforma fiscal que aminore la desigualdad social en la quinta potencia mundial, de la misma manera que las huelgas ferroviarias del 1996 bloquearon los cambios en la Seguridad Social, durante los primeros años de la  presidencia de Jacques Chirac. Ya entonces, el Estado de Bienestar tenía fecha de caducidad y hoy da signos de estar en los últimos estertores.

Sensibles como pocos de sus vecinos a las transformaciones del mundo, los franceses ven empeorar su calidad de vida con un desempleo que ronda el 8,8 por ciento. Demasiado alto si se lo compara con el 3,2 por ciento de Alemania, la más beneficiada con la Europa Unidad.

Llevan décadas poniendo a raya a la extrema derecha representada por la familia Le Pen, pero no logran llevar al Elíseo un líder de la transformación.

La muestra más palpable es la elección de Emmanuel Macron, un excelente experto en finanzas, egresado con honores de la Ecole Nationale de Administration (ENA), pero con menos talento para la política que Lionel Messi para esquivar al fisco. Los números de sus 23 meses de gestión no mienten.

La crisis social, la guerra declarada por el terrorismo islamista desde 2014 y ahora el incendio de uno de sus iconos religioso-cultural brindan una radiografía no sólo de Francia, sino del corazón europeo.

Con Estados Unidos, China y Rusia rediscutiendo quién manda en el barrio, con Gran Bretaña revoleando el “Brexit” y los inmigrantes llegando a raudales a pesar de los brotes xenófobos,  Europa debate su lugar en ese rompecabezas global, con una escalofriante escasez de liderazgo donde lo único que sobresalen son los ajustes fiscales y los cuerpos de bomberos ovacionados y aplaudidos llegando por la Ile de la Cité, porque en Europa algo huele a quemado. (O)