Unas flores para don Eugenio

- 10 de enero de 2019 - 00:00

Eugenio Francisco Javier de Santa Cruz y Espejo es un nombre que no alcanzaría en las hornacinas del hospital San Juan de Dios. Pero sí le servirá para que un “indio” como él -su padre nació en Cajamarca y su madre era mulata liberta- pueda burlarse de los prejuicios de esa época que, cosa curiosa, aún no terminan de irse. Así obtuvo su título de médico y ayudó a combatir la peste de la viruela. Sus ideas libertarias, nacidas de sus muchas lecturas y de su visión cosmopolita, permitieron la Independencia.

Espejo, nacido en 1747, era filósofo y políglota. Como un buen polemista se procuró engastar su verso contra las injusticias para: “bajar el capote a estos omnipotentes, a estos potentadillos, a estos avaros atesoradores del dinero de todo el mundo”, como refiere en Cartas Riobambenses, de 1787, sitio donde tuvo que huir. Después se encontraría con uno de sus discípulos: Juan Pío Montúfar, Marqués de Selva Alegre, pero en Bogotá, donde fue enviado por la mucha candela que tenía su cerebro. Después publicaría el periódico Primicias de la Cultura de Quito y antes El Nuevo Luciano, Marco Porcio Catón y La Ciencia Blancardina.

 Isaac J. Barrera revive el pasado: “El 21 de octubre de 1794 aparecieron en todas las cruces públicas de la ciudad unas pequeñas banderas de tafetán colorado, cruzadas de fondo blanco, en cuyo anverso y reverso se leían estas inscripciones: “Salva Cruce Liber Esto. Felicitatem et Gloriam consequto”, que significa: “Felicidad y Gloria conseguiremos. Al amparo de la Cruz seremos libres”. De allí fue preso y poco tardó en morir.

Aunque fue Federico González Suárez quien lo sacó del ostracismo, es necesario revisar en estos días los libros: Surge la nación. La Ilustración en la audiencia de Quito, de Ekkehart Keeding, donde constan los libros de Espejo; Cartas y lecturas de Eugenio Espejo, de Carlos E. Freile, pero también Eugenio Espejo, de Philip Astuto. Y, claro, nos falta la novela en torno a este personaje memorable. Ojalá los periodistas se acercaran a su pensamiento, además de las ofrendas florales de ocasión. (O)