Estado laico y políticos religiosos

- 06 de agosto de 2020 - 00:00

De acuerdo a la filósofa española Victoria Camps “La religión, como los mitos, además de constituir un primer intento de dar razón a lo inexplicable, ponen de manifiesto la capacidad y el anhelo del ser humano de trascender lo inmediato, mirando más allá de sí mismo, o profundizar en su interior, en busca de un sentido que permita apaciguar, o aceptar, la zozobra de la existencia finita”.

La reciente historia occidental demuestra que muchas de sus dinámicas constitutivas se vinculan directamente con el lugar que lo religioso, que se refiere a su institución, práctica y fenómeno, han tenido dentro de los procesos socio-culturales. Cuando el cristianismo pasó de ser una religión “tolerada” a la expresión oficial del Imperio Romano, empezaron a gestarse una serie de fenómenos respecto al impacto de lo religioso, tanto en el poder político como en la matriz socio-cultural de toda la sociedad; que, sin querer ser reduccionista, se ha mantenido de diversas maneras en tiempos modernos y probablemente tendrá mucha importancia en la pos pandemia. Y esto se ha puesto de manifiesto con el fracaso que han tenido todas las profecías secularistas: en lugar de que lo religioso menguara y se extinguiera gracias al progreso social, el fenómeno se transformó y se enraizó aún más a través de la pluralización de sus voces.

El fenómeno social religioso ha tenido un lugar ambiguo dentro de los procesos sociales. Por un lado, las religiones han servido como instancias directas o indirectas (actuando como fuerza coercitiva o marco ideológico-simbólico) del poder político; al mismo tiempo, de sus propias entrañas, surgen grupos de disidencia respecto a la estructura institucional del propio cuerpo religioso y de los propios procesos sociales y políticos resultantes. Las religiones no pueden ser comprendidas como elementos monolíticos u homogéneos, sino como marcos de identificación para personas y comunidades que imprimen una matriz diversa y plural, que se manifiesta en una tensión constitutiva, no solo por los conflictos internos que generan, sino con el propio contexto social.

Cada vez oímos con insistencia, algunas generalizaciones sobre el desempeño de diversos cuerpos religiosos: “las religiones son todas de derecha” “la religión es igual a fundamentalismo” “creer en Dios significa no comprometerse con los males de la sociedad” “la fe sirve para legitimar el poder político opresor” que, a pesar de expresar algunas verdades, no demuestra la imagen completa de la influencia de las religiones en el estado. Es por eso que desde hace mucho tiempo nuestra forma de gobierno es de un estado laico y está muy claramente establecida en la Constitución.

No hay duda que nuestro pueblo es mayoritariamente cristiano y busca en la fe lo que no puede conseguir por la inequidad imperante. Es por eso que nuestros políticos y autoridades deben manifestar sus creencias religiosas con la cautela de utilizar un instrumento que podría afectar seriamente la respuesta popular. Finalmente, hay que recordar la parábola de Jesús de la oración del mendigo y del poderoso. La oración es un acto de introspección muy personal y no una expresión mediática. Yo creo que no hay interlocutor válido entre Dios y el hombre, pero eso no me hace muy popular entre los fanáticos religiosos. (O)

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