El Estado: ¿de todos y de nadie?

- 22 de mayo de 2019 - 00:00

El tema de la corrupción genera varias lecturas; en este caso de la realidad social, política y económica, de los falsos liderazgos, así como de la marcada debilidad de la familia y la caída de los referentes ante un modelo marcado por el exceso de individualismo.

Un punto de partida es el reconocimiento –aunque nos pese- que nuestra sociedad está profundamente enferma. Y esta enfermedad no es otra que la desvalorización del “otro” y del “nosotros”, en aras del egoísmo, el dinero fácil, la ganancia oportuna, el placer superfluo, el poder por el poder y, en general, el doble estándar o doble moral que atraviesa todo el cuerpo social.

Una sociedad deformada por valores que se predican, pero no se viven es el caldo de cultivo de la incertidumbre y la degradación paulatina, donde la infracción es la norma y no la excepción.

Así, vemos con tristeza que en muchos espacios sociales, económicos y políticos prevalecen la mentira y el engaño elevados a la “categoría” de fortalezas de unos cuantos, en los que la viveza criolla es el sistema que otorga poder y ganancias sin límites, a costa de un Estado -de todos y de nadie-, que la mayoría quiere perjudicarle o sacarle ventajas.

Hoy, algunos medios han colocado en el mismo “saco” a los objetos de consumo masivo junto a los valores humanos, otrora referentes máximos de nuestra cultura. El resultado de esta “ola” de permisividad ha sido la amoralidad secularizadora que quita referentes y ahoga el grito de unos pocos que predicamos en el desierto.

Lo grave es que frente a esta gigantesca “ola” la educación no hace nada o muy poco; más bien reproduce el modelo. Alguien decía que el “sistema educativo se colgó hace algún tiempo”.

Por lo tanto, ya no educa la escuela, la familia está desorientada y la sociedad se halla presa de la anomia. Y nos vamos vaciando poco a poco de nuestro ser, llenos de aparatos y tecnologías que “atrapan” a nuestros niños y jóvenes, futuros consumidores de corrupción…

Así, el ritual de cada mañana se repite, cuando vemos y leemos las noticias y repasamos ingenuamente el gol o el autogol que, de tiempo en tiempo, nos meten los líderes de papel. (O)