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El Telégrafo
Xavier Guerrero Pérez

Es nuestra: a fortalecerla

24 de agosto de 2022 - 00:00

Hasta hace unos quince años atrás, cuando se consultaba la opinión de una persona recién graduada (partiendo de que tiene claridad, decisión y voluntad de adquirir estudios universitarios) respecto a la elección del centro de estudios para formarse y para desarrollarse, era altamente frecuente y prácticamente común que la respuesta sea: la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil (UCSG). En buen romance: en la mente del bachiller ecuatoriano, la equivalencia era: universidad = UCSG.

Y es que quienes hemos pisado la mencionada Alma Mater, sea para visitar amistades, para realizar estudios de tercer o cuarto nivel académico, o para adquirir conocimientos específicos especializados, conocemos con mayor proximidad lo que ha implicado el nombre Universidad Católica de Santiago de Guayaquil en la vida de todos los ecuatorianos. Para muestra un botón: dos expresidentes de la nación tuvieron mucho que ver con la vida institucional de la UCSG: el ex presidente Gustavo Noboa Bejarano (fallecido) la regentó, y el ex presidente Rafael Correa Delgado se forjó allí como economista. Más allá de afectos o desafectos que se puedan tener sobre aquellos ciudadanos, lo que yo puedo aseverar con certeza absoluta es que llegaron al máximo peldaño en la sociedad, y se puede colegir que su paso por la UCSG fue en gran medida influyente, tanto como profesionales así como también en el ámbito personal-humano. Hay más hechos que conforman todo un antecedente; referirme a los mismos posiblemente demandaría ocupar varios periódicos; algunos son ampliamente conocidos, y otros no tanto. En fin, el antecedente de la UCSG estimula, motiva, inspira, y seduce a aseverar dentro del cerebro inclinado a estudiar: quiero ingresar y ser parte de la familia UCSG.

Sin embargo, y al menos en lo que a mí respecta, al parecer la administración del señor Doumet Antón (la cual conocí, durante mi paso como académico en formación) dejó la vara muy alta, y aún los esfuerzos que se han realizado, desafortunadamente, no han permitido alcanzarla y -deseable- superarla. Estoy consciente de que esta aseveración puede resultar muy dura; difícil de digerir. No obstante, si no reconocemos las dificultades, se torna cuesta arriba crecer, llegar a la meta y establecer una nueva marca, no tanto para satisfacer egos personales, legítimos pero poco provechosos para la propia comunidad académica y para el país en general; sí absolutamente beneficiosos para todos quienes conformamos la sociedad, e inclusive para quienes nos visitan de forma temporal -turistas- y para quienes deciden establecerse en razón de que se enamoran de la patria ecuatoriana. Mi justificación está en que la mente del bachiller y de quien, inclusive, ya está formándose en alguna otra universidad, tristemente, asocia universidad con UCSG como primera opción, y hoy su asociación está fuera del cantón Guayaquil, ubicándose en el cantón vecino Samborondón. Debo ser preciso y categórico, como cada día lucho por serlo: descarto tener cualquier tipo de animadversión por aquellas instituciones de educación superior, o por alguna otra. De hecho, estoy completamente seguro que ambas universidades observaron el modelo UCSG, lo adoptaron y lo mejoraron; tarea que, reitero, hoy se vislumbra pendiente y, quizá, de a poco se ha ído quedando ahí en el camino, no suspendida, sí: no prioritaria.

Si me refiero a aquellos tiempos indicados por mi persona: los primeros minutos de estar dentro de la UCSG era como estar en casa: corredores con estudiantes; personal administrativo recibiendo a propios y extraños con amabilidad, sutileza y cercanía; una capilla donde, desde su sacerdote encargado hasta el personal de apoyo anunciaban con su testimonio a un Cristo vivo, amoroso y no castigador… Hoy, aunque la mayor cantidad de rasgos se conservan, y aún cuando hay mejoras de infraestructura física, estimo que la modernidad es parte de lo que aún se tiene y se debe de trabajar en aras de que no se convierta en una debilidad institucional. A esta óptica añado el ritmo académico que se debe imponer, la agresividad comunicacional a la que se debe tender, el involucramiento para con la sociedad que se está llamada -como Universidad- a realizar… Seamos mayormente ilustrativos: antes la UCSG era caracterizada por hablar, y hablar “pesado, sin temor ni favor”. Hay temas donde la academia debe relacionarse, observar lo que se está errando, y brindar luces del camino más idóneo. Hay aspectos que requieren desgranarse, explicarse con didáctica y pedagogía. Hoy esos espacios, inclusive no gratuitos, no los hay, sea presenciales o virtuales. Otros centros educativos, como diría quien fuera mi profesor de cálculo I: “nos han dado tres vueltas, mientras que recién nosotros estamos queriendo gatear”. Por otro lado, hay centros educativos que se han caracterizado (así asimilo su estrategia de captar mayor mercado) por conformar su plana docente de quienes, básicamente, han tenido su paso por el aparato público, aunque esto implique que su tránsito haya tenido turbulencias y desenlaces desfavorables (a nivel mediático, con expresiones vergonzosas; a nivel estatal, con huidas del país y luego acogiéndose al perdón…), pero esa conformación ha dejado, en el mejor de los casos, o en el último lugar, o en la exclusión, inclusive, a quienes, aunque han tenido recorrido en el sector público, o quizá por dedicarse a obtener logros académicos con calificaciones altas no lo han tenido, sin ser tomados en cuenta, dado que no son tan “conocidos”, o, como diría un conocido productor de TV: “su nombre no vende, pana”. En cuanto a ese aspecto, debo reconocer en honor a la verdad, que la UCSG no se ha caracterizado por tal, así como otras instituciones universitarias; y en buena hora. Sin embargo, y lo considero oportuno, creo es una excelente oportunidad para demostrar que la conformación de una plana docente que, más que atraer mercado, se centre en dar respuesta a la razón de ser de una universidad: solucionar las problemáticas sociales con sus “productos” académicos (buenos graduados e investigaciones con tendencia social), está en aquella que se fije en quienes, pudiendo -o no- tener cierta trayectoria pública de alto nivel, posean con suficiencia trayectoria académica, en quienes posiblemente se hayan encontrado “con puertas cerradas” en otras universidades tal vez por el “pecado” cometido de no ser “populares” o “sonados”, y en quienes, sobre todo y especialmente, aseguren que su vida se ha enmarcado en la honestidad, en la verticalidad de consciencia, y cuyo corazón ha combatido todo el tiempo para vivir el Evangelio de Jesús, en sintonía y pertenencia con lo que simboliza la frase que se ha acogido históricamente en la UCSG: “Ciencia y Fe”.

Cierro esta columna destacando que no ha sido mi afán emitir una crítica que divida o que cause incomodidad. Sí, probablemente, es mi anhelo que estas líneas causen inquietud -de la buena- al interior de las y los funcionarios de la UCSG, en pro de que se aproveche el momento de hoy. ¡La universidad es nuestra! Sí, de quienes ella ha dejado en nuestro corazón esa semilla para que crezca y dé frutos; sueño de quienes la fundaron, y que era repetido por Mons. Juan Ignacio Larrea Holguín (fallecido) cada vez que podía. Si la UCSG es nuestra, lo que indudablemente deseamos es que, con ese ruido que hoy provoco, se propenda a fortalecer a la prestigiosa y gloriosa Universidad Católica de Santiago de Guayaquil. Hay que comprometerse a trabajar para que las futuras generaciones vuelvan a tener en sus mentes la equivalencia universidad = UCSG. Percibo que las actuales autoridades tienen buena intención. Buscar responsabilidades no es lo más conveniente, y solo se prestaría para la calumnia, la difamación y nos haría, a todos, perder el objetivo. ¡Estamos a tiempo! La razón: tenemos vida y aún no somos idiotas, como diría el ‘Doctor House’ en su popular serie de TV. Como lo he esgrimido, las autoridades por sí solas no pueden. Está en sus manos, sí, en sus manos, decidir retomar la marcha que en algún momento se desaceleró y hasta se fue deteniendo (por motivos, endógenos y exógenos, como la COVID-19, que se reconocen, ciertamente, pero que no toda la vida podemos quedarnos en los mismos), y para ello se vuelve imprescindible el que se toque las puertas de quienes se deba tocar. Venciendo sus propios orgullos -en el caso de tenerlos- y, por qué no, fastidiar al aparato público y al aparato privado buscando apoyo. Una pícara sugerencia: ¿Y si miramos modelos de éxito, se lo adapta y se lo mejora? No hablo de copia. Sería un sacrilegio académico. Sí de mirar referentes y de aplastar el acelerador para cristalizarlos. Está en juego la preparación de la juventud ecuatoriana, de quienes no somos tan jóvenes, y de quienes recordamos con alegría y nostalgia, al mismo tiempo cada vez que transitamos por la Av. Carlos Julio Arosemena, en Guayaquil. ¡No es poca cosa!

 

 

 

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