Eros anda “lluchu” en Quito

- 06 de junio de 2019 - 00:00

En la metrópoli, donde deambulan los zombis, existe la ciudad de los muertos. Se llama necrópolis (cadáver-ciudad, siguiendo su etimología). En el cementerio, como dice la canción, “las calaveras todas blancas son”. Siguiendo a los griegos, es la tierra de Tánatos, que tiene su hermano Hipnos, el sueño. Su contrario es Eros, ahora “lluchu” (desnudo en quichua).

Esto porque el historiador Javier Gomezjurado Zevallos, después de su libro La muerte en Quito, acaba de publicar Amor y sexo en la historia de Quito. Si en el primero los personajes terminaban tras una lápida, ahora -por sus 392 páginas- desfilan por las camas infinidad de historias de la franciscana ciudad que tenía a un cura como Manuel de Almeida que se escapaba por los mismísimos hombros del Crucificado para alborotar en fandangos las mejillas fúlgidas de las damiselas.

Con más de 300 citas bibliográficas y más de 500 citas a pie de página, la obra seguro hará sonrojar a algunos historiadores tan proclives al pundonor, olvidados de Jenofonte y amantes de Tucídides. Sería bueno leer el relato de un presidente de la Audiencia que tenía “rabo de paja” (pág. 89).

El libro inicia con una aproximación histórica de la sexualidad en las sociedades antiguas, poniendo énfasis en las poblaciones nativas. En el segundo capítulo aparecen muchos de los temas de la época colonial, tan proclive a realizar procesiones y oraciones mientras que por las noches en algunos de sus conventos la llama de la pasión ardía peor que el Cantar de los Cantares.

En el capítulo 3 les toca el turno a nuestros héroes y heroínas, que no eran solo de andar en batallas. Pero también la prostitución y sífilis en el período garciano, que nos consagró al país al Sagrado Corazón de Jesús. Para el siglo XX, en la sección 4, aparecen las chullitas y los chullas, pero también la inolvidable Lola Vinueza y el poeta de “Mademoiselle Satán”. En el capítulo 5 se detalla arte y literatura con relación al tema, donde no se olvidan las letras de canciones de esa picaresca despreciada por algunos mojigatos.

Un libro para no leer en un diván. (O)