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Samuele Mazzolini

Ernesto Laclau: un año después

14 de abril de 2015 00:00

El 13 de abril de un año atrás, un infarto acababa con la vida del teórico político Ernesto Laclau. Su muerte llegaba en un indiscutible momento de auge del pensador argentino, que había visto sus intuiciones filosóficas reconocidas internacionalmente. Su muerte llegaba además después de que fuera testigo de la consolidación de los experimentos nacional-populares en América Latina de los cuales había sido su histórico inspirador.

Su muerte llegaba, en otras palabras, tras haber visto sus ideas hacerse realidad y entrar en un proceso dialógico con los eventos concretos, probablemente el anhelo más grande para un teórico militante cuya filosofía, por más compleja que sea, mantiene tan cercano el horizonte de la praxis.

Su muerte llegaba, sin embargo, demasiado temprano. Solamente por pocos meses no alcanzó a conocer el abrumador éxito de Syriza en Grecia y la esperanzadora aparición de Podemos en España: dos proyectos que, más allá de sus diferentes génesis históricas, encarnan esa lógica populista que Laclau se había esforzado de proponer a la izquierda como antídoto a su larga crisis y como única forma para salir de sus pulsiones identitarias y esencialistas.

Hasta hace poco en cambio, a causa de un eurocentrismo que, ‘nolens volens’, aflige buena parte de la izquierda del viejo continente, se hablaba del populismo como de una ruta posible solo para las fuerzas progresistas de tierras secretamente consideradas más brutas, más salvajes: una especie de desviación comprensible en aquellos contextos exóticos donde las entrañas cuentan más que el raciocinio. De tal manera que Laclau era respetado por su refinado constructo teórico, mas no por sus implicaciones más prácticas. Racionalidad e inmanentismo seguían testarudamente siendo, en sus diferentes declinaciones, las brújulas extraviadas de una izquierda europea a la deriva.   

La capacidad de Syriza y Podemos de ir más allá de la administración del puñado de votos de la izquierda radical sancionan de manera definitiva la validez del populismo y de las reflexiones que lo inspiran. La lógica de construcción de relatos nacional-populares, capaces de interpelar el pueblo a partir de sus demandas sociales concretas, es crecientemente reconocida también en Europa como la única forma política para volver a la disputa hegemónica, de la cual la izquierda ha sido excluida por el neoliberalismo. Para el pensador argentino no podría haber habido mayor recompensa a sus esfuerzos intelectuales que la existencia y el éxito de fuerzas como Syriza y Podemos en el contexto más recalcitrante en acoger sus estrategias políticas.

Sin embargo, el populismo de izquierda no es exento de dificultades. En aquellos contextos donde el populismo se ha transformado en gobierno y ha logrado realizar transformaciones radicales, aparecen también tendencias autoritarias y personalistas. Es una tarea, tanto teórica como práctica, concertar la noción de populismo de izquierda con la radicalización de las instituciones liberal-democráticas, no con su debilitamiento. Si bien Laclau siempre reconoció que ese era su horizonte, su teoría del populismo exige ser complementada por un esfuerzo militante e intelectual para que esta lógica política no caiga en el abismo de la arbitrariedad. (O)

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