El suicidio de gobernar

- 18 de octubre de 2020 - 00:00

Gobernar es una tarea de complejidad enorme y de riesgos incalculables.  Gobernar bien es un cometido imponente para el que muy pocos están preparados y el hacerlo, en circunstancias de pobreza fiscal  y desmoralización ciudadana, es aún una labor más  colosal.  El gobernar entraña ejercer la autoridad, dentro de lo que faculta la Constitución y las leyes,  con inteligencia, buen criterio, respeto a la libertad de expresión, políticas económicas  saludables, políticas sociales justas, desarrollo de infraestructura y obra pública,  creación de leyes útiles que sean aprobadas por un Congreso razonable.  Parece lógico y fácil.  La verdad es que resulta casi imposible.

Quien tenga que gobernar el Ecuador en 2021  deberá administrar un país quebrado, con una caja fiscal en ruinas, con una deuda pública descomunal y sin visos de reducirla; con una corrupción galopante y una sociedad polarizada, con dirigentes sindicales atrabiliarios, líderes indígenas intransigentes y líderes empresariales obstinados con sus ganancias; además, gobernar con una Asamblea que, por historia reciente, destila incompetencia y corrupción.

Gobernar, además, requiere hacerlo dentro de la Ley.  Hacerlo en el marco de la pésima Constitución de 2008 y de más de un centenar de pésimas leyes  que, a razón de 10 por año se expidieron  entre 2007 y 2017.

Gobernar en medio de riqueza es razonablemente fácil si se cuenta con sentido común y algún nivel de equilibrio emocional.  Destruir a un país, aniquilarlo económicamente, dividir a su población y robar descaradamente miles de millones de dólares, es una pesadilla que vivió buena parte de Latinoamérica desde 1998.   

Gobernar implica objetividad y asumir el riesgo de la impopularidad y hasta el repudio.  Se dice que tras el tiempo, la historia juzgará el mérito o demérito de un gobernante; no obstante, aquello es cierto solamente si hay buenos historiadores, historiadores veraces, no alineados con determinadas causas o personajes.

Quien gobierne  el Ecuador entre 2021 y 2025 se expone  a su suicidio político, a la ruina de su imagen.   Ojalá que ese sacrificio político y de imagen sea en el contexto de acciones honestas y necesarias, no demagógicas ni populistas.  El sacrificio político de una persona es un valor plausible si nos saca del abismo.

Medios Públicos EP