El intangible precio de la paz

07 de octubre de 2013 - 00:00

Desde que Aristófanes planteara en su comedia Lisístrata que la paz se puede lograr mediante la huelga amorosa, o sea que las mujeres no practiquen el sexo mientras sus belicosos maridos combatan, hasta que la Premio Nobel de la Paz, la baronesa Bertha von Suttner, publicara su afamada obra ¡Abajo las armas!, libro de profundo contenido ético, el problema de la paz ha sido abordado desde todos los ángulos posibles.

Por un lado, los intelectuales de sentimientos humanos la creen factible y dicen que los gastos en armas deben ser invertidos en resolver los ingentes problemas sociales, que la guerra sólo empeora; por otra parte, los que usufructúan del suculento negocio de las armas sostienen el sinsentido de que sus guerras, como las que han emprendido en Afganistán, Irak, Libia y la que, por ahora, se ha evitado iniciar en Siria, son “humanitarias” y de carácter “pacífico”.

“La guerra es paz”, sostiene el Gran Hermano en la obra 1984. ¿Quién tiene razón? Adivina adivinador qué fruto nace sin flor, si no burriquito eres. Se les da una pista de ayuda. El presupuesto militar de los EEUU supera los 700.000 millones de dólares, casi lo mismo que gasta el resto del mundo en ese rubro, y toda esa millonada se reparten alegremente los miembros del Complejo Militar Industrial de ese país, que justifica sus gastos militares con cucos que crean por doquier.

Lo peor del caso es que en todos los lugares donde el imperio emprendió estas “campañas libertarias”, la gente vivía mejor y más tranquila que después de ser “liberadas”. Ahora les toca peregrinar por el mundo entero y sufrir las consecuencias de las armas mortíferas empleadas por sus dizque liberadores.

Pero no sólo los “liberados” sufren y se oponen a esta “liberación” sino que en los mismos EEUU mucha gente del pueblo se manifiesta: “Honren a los muertos, curen a los heridos, detengan las guerras”. Tomas Young, un veterano de guerra le escribe en su lecho de muerte a Bush y a Cheney: “Centenares de miles de compañeros veteranos, de millones de compatriotas, y otros tantos centenares de millones de iraquíes y de Oriente Próximo, sabemos perfectamente quiénes sois y lo que habéis hecho.

Podréis evadiros de la justicia pero a nuestros ojos ambos sois culpables de gravísimos crímenes de guerra, de saqueo y, por último, de asesinato, incluido el asesinato de miles de jóvenes estadounidenses —mis compañeros veteranos— cuyo futuro robasteis”.

Se trata una vez más del ídolo con pies de barro, al que sin empujarlo se derrumba solo.