El futuro eres tú

- 27 de diciembre de 2018 - 00:00

Me dan muchas crisis de fe, cuando he disfrutado con mi familia de una Feliz Navidad, pero veo a mi alrededor enfermos que sufren, migrantes que han tenido que abandonar su hogar en búsqueda de un futuro mejor, delincuentes que llevan un infierno en su corazón y sobre todo jóvenes que no tienen trabajo. Y a menudo me pregunto, como lo hace  mi querido papa Francisco: “¿Por qué ellos y no yo?”.  En efecto, yo pude estar también entre los “descartados” de hoy.

Soy un académico que ve con mucho recelo la tendencia hacia la innovación como una panacea para todos los males actuales. Pero veo que nuestra búsqueda de la innovación tiene muy poco que ver con una mayor equidad e inclusión social. La innovación tiene la obligación de descubrir las necesidades de los seres humanos que nos rodean.

Y debe contener un alto sentido de solidaridad, que no es solamente una palabra bonita e incómoda, pero que debe ser la base de las decisiones a nivel político, económico, científico y en las relaciones entre personas, pueblos y naciones. Y es que la educación tiene que orientarse hacia una solidaria y fraterna innovación, de lo contrario no tiene sentido y nos llevaría a esta “cultura del descarte” como lo dice Francisco. Y no solamente son los bienes y alimentos, sino especialmente las personas que son marginadas de sistemas técnico-económicos, que se centran en los productos del hombre y no en el hombre.

Y me doy cuenta de que el futuro de la humanidad y de nuestro país no está solo en manos de los políticos, ni de los grandes líderes, ni de las grandes corporaciones. Está clara su gran responsabilidad, pero el futuro está en nuestras manos. En las manos de las personas que reconocemos al “otro” como un “tú” y de esta manera comprendemos  que somos parte de un “nosotros”. 

Para hacer el bien hace falta coraje y definitivamente innovación y creatividad solidarias. Y es que actuar correctamente con las personas necesita una respuesta creativa, ingeniosa y concreta. No bastan los buenos propósitos y las fórmulas académicas ya consagradas que solo sirven para tranquilizar conciencias. Recordemos que el “otro” no es una estadística o un número; el “otro” tiene un rostro. Y como concluye Francisco: el “tú” es siempre un rostro concreto, un hermano al que debemos cuidar. (O)

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