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Ecuador/Jue.2/Dic/2021

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Daniela Leytón Michovich

El derecho al espacio público

18 de octubre de 2021 00:00


Luis tiene 8 años, sus únicos amigos son los de la escuela, no conoce a los niños del barrio, tampoco ha compartido con ellos, su rutina diaria oscila entre una montaña de deberes y  los videojuegos. El se aburre cuando alguna vez su familia sale al parque, no le gusta correr, tampoco se siente cómodo teniendo que entablar amistad con los niños que juegan en el mismo espacio, ha ganado peso y se lo ve triste, en su casa no permiten que salga solo ni siquiera a la tienda, el y sus padres viven  con miedo por todo lo que dice la tele desde tempranas horas de la mañana y es que su barrio no es muy seguro. Este es solo un retrato generalizado del miedo ¿cuántas historias similares conoce usted?

Traigo este tema a colación, por dos razones, una por el recargado acento en la violencia y el miedo en la programación de las “noticias” matutinas,en segunda instancia porque casualmente esta semana terminé de leer un nuevo libro que se enfoca en las ciudades de y para los niños, un tema que acaparó mi atención. 

Le cuento más de este libro, se trata de un proyecto educativo, cívico-ciudadano, de gobernanza de las ciudades desde la mirada y participación activa de los niños (as) que viene ejecutándose en varias ciudades europeas y en dos ciudades de América Latina. Imagine una cuadra llena de guaguas corriendo, en patines, sentadas en la vereda, pintando en el piso con tiza o brincando dentro de burbujas gigantes generadas con hula hula, niños (as) dueños (as) de su espacio de juego, considerados con respeto, tratados como ciudadanos con derecho al espacio público como “dueños del espacio público”. Enfatizo esto último porque nuestras ciudades adultocéntricas y miopes parecen estar hechas para la comodidad del transporte automotor y no para la calidad de vida de las personas (creame que liberar las vías apenas una vez a la semana para los ciclistas y peatones es ridículo, y si, los adultos tienen mucha responsabilidad en esto, por mencionar solo un detalle: en muchos casos la comodidad de 2 automóviles en casa por pico y placa satura el parque automotor de una forma desconsiderada ¿ya notó la diferencia del tráfico desde que volvimos a la nueva normalidad?)

            Volvamos al proyecto de ciudad. Mientras imaginaba este barrio de libertad para los niños (as) descrito tan maravillosamente, pensaba en cómo esta libertad también se ha convertido en un privilegio de clase social, en una cercana realidad en ciertos barrios, para ciertas familias, no para la gran mayoría. De igual forma, cuando revisaba esa parte del libro que mencionaba las ventajas de que la escuela se encuentre cerca de la casa de los niños por que con la caminata, los niños entrenaban sus  destrezas cognitivas, el ejercicio de atención,  el control emocional y del estrés, pensaba en lo injusto que es que un niño (a) no pueda regresar del colegio a casa caminando con la tranquilidad y seguridad que merece.

La violencia y el miedo no solo esta robando  la posibilidad de que los niños y niñas puedan generar recuerdos hermosos, el encierro y la rutina les impide desarrollar sus habilidades sociales y de negociación , herramientas de vida que se aprenden en el juego. La ciudad actúa como un gran cerco que le pone un límite a su creatividad, que lo confina a un juego de celular, la niñera perfecta cuando los padres quieren desentenderse o cuando se olvidaron que jugar es tarea obligatoria implícita en una crianza amorosa y respetuosa.

Ojalá podamos recuperar el espacio público por ellos, ojalá pudiéramos organizarnos  con ellos y con los vecinos en el barrio, para planificar algunas actividades sencillas pero significativas como aquellas que involucren por ejemplo: que algún vecino o vecina narre cuentos ciertos días a determinadas horas del día en la plaza más cercana, jornadas de vecinos con niños (as) que arman casitas para perritos de la zona y organizan su cuidado, con la habilitación de un pedazo de tierra de la plaza para la  siembra de tal forma que cada niño (a) tenga una plantita a la cual cuidar, una feria de juegos tradicionales, concursos de disfraces sin necesitar una fecha especial, clases gratuitas de nivelación escolar, vecinos poniendo cuota para comprar papelotes y pintura para que los niños niñas puedan dibujar al aire libre, en fin, tantas y tan variadas actividades tan urgentes porque finalmente cuidar la salud emocional de los niños (as) es también nuestra responsabilidad y porque, como señala el autor del libro “una calle repleta de niños felices y jugando, es una calle segura”

 

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