El debate que falta

- 28 de agosto de 2015 - 00:00

Hace un par de semanas sostuve que podemos ser una democracia, o parecer una democracia, o incluso ser un mal remedo de democracia, pero más que nada, terminamos siendo una sociedad profundamente antidemocrática. Alguien me preguntó si yo creía que el presidente Correa alguna vez creyó en la democracia. Esto después de escuchar una grabación de 2005 donde un aún catedrático Rafael Correa llamaba a la sociedad a movilizarse para rechazar el “gobierno de facto, dictatorial”, que controlaba los tribunales, las cortes y el Congreso (sic). De manera algo ambigua, decía que debíamos ir por el “todo o nada, para restaurar la democracia y sancionar a los que la rompieron”. Ambigua, porque no termina de establecer cuál debería ser el objetivo final de las movilizaciones.

Comenzaré diciendo que no podemos comparar a Lucio Gutiérrez con Rafael Correa. No podemos comparar la situación del país en 2005 con la de 2015. Y más aún, no podemos comparar la posición de la sociedad frente al Gobierno ahora y hace diez años. Estas distinciones son importantes, porque las respuestas a la coyuntura están, en parte, determinadas por estas variables: desde la composición y posicionamiento de la clase media hasta la cohesión de las fuerzas populares.

Dicho esto, hay otra parte que es el reflejo de esa sociedad profundamente antidemocrática que terminamos siendo. Una idiosincrasia colectiva que se formó como consecuencia de la inestabilidad institucional histórica y de los mecanismos que nos acostumbramos a usar en la última década: siempre desde las calles, a la espera de una respuesta de las Fuerzas Armadas. No encontramos o no tenemos los mecanismos democráticos necesarios para establecer un diálogo con el poder; al mismo tiempo que pensamos que los diálogos deben ser imposiciones unilaterales, como si el Gobierno no tuviera prerrogativa alguna sobre lo que acepta o deja de aceptar. Es decir, creemos que la voz en las calles es la única voz. Y los mecanismos que han sido históricamente eficientes, como el voto, los despreciamos y los desperdiciamos. No solo en nuestra capacidad de votantes, sino en nuestra capacidad de movilización para votar a favor o en contra de un proyecto.

Entonces, también es una pregunta de qué creemos que debe ser la democracia. Tenemos demasiadas versiones de democracia. Todas moldeables para tener siempre la razón. Hay una derecha que cree en una democracia liberal (a veces) y de mercado. Hay una izquierda que cree en una democracia de participación directa (a veces). Hay quienes creen que la democracia son las calles. Hay quienes creen que democracia no son las calles.

Hay quienes creen en la resistencia civil de 2005, hay quienes creen en la resistencia civil de 2015. El problema con la resistencia civil es que solo se cristaliza como concepto ex post.  El problema con la resistencia civil es que solo suscribimos cuando somos los que resistimos. El problema con la resistencia civil es que es legítima, hasta que deja de serlo.

¿Creyó alguna vez Rafael Correa en la democracia? ¿Creyó en su modelo de democracia? ¿Cree? Cree en un nuevo modelo de democracia. Aquel que le conviene. Pero lo mismo podremos decir de todo político, de todo comentarista y de todo columnista. Todos pecamos un poco de eso. Ese es el problema. Ese es el debate que falta. (O)