El conocimiento como propiedad

- 16 de diciembre de 2016 - 00:00

Todo nuevo descubrimiento científico tiene que venir acompañado con la promesa de la cura para lo incurable, para llegar a lo inalcanzable, por descubrir lo impensable. Lo cual es paradójico, porque el avance de la ciencia, a pesar de todo, se sigue pareciendo más a un cuentagotas, cuando se trata de resultados tangibles que sean de uso y beneficio para el ciudadano común.

También hay esa percepción de que cuando se habla de ciencia, y me refiero a la ciencia pura y dura, la de laboratorio, no esa especulativa que hacemos los politólogos y economistas, se habla de un campo que queda fuera de los político, un universo paralelo que nos muestra sus maravillas desde su torre de marfil. Pero todo, al final del día, es un tema político.  Las universidades, en particular las norteamericanas, cada vez más son escudriñadas desde un lente financiero. El valor que se le da a la investigación académica está mayormente determinado por su valor comercial. Lo que se inauguró como un templo de conocimiento, para su generación, preservación y difusión, ahora es considerado una máquina de generar patentes (y sacarles el mayor jugo económico posible). La mayor cobertura de los avances científicos en la prensa se da en torno a estas disputas.

El culebrón entre MIT, Harvard y la Universidad de California sobre la patente del sistema CRISPR-Cas es el más reciente. Las bacterias usan el sistema CRISPR-Cas par atacar el ADN de virus que invaden organismos. Investigadores han demostrado cómo el CRISPR-Cas puede servir para eliminar enfermedades y la hambruna y proveer de energía limpia ilimitada. Los bandos se dividieron sobre a quién se le debía adjudicar la patente. La primera fue otorgada a MIT y Harvard, pero la Universidad de California ya inició el proceso legal para apelar esta resolución.

En el fondo, la verdadera batalla no es legal, sino ética y política. Primero, nos lleva a cuestionar la capacidad de patentar un fenómeno natural o, en este caso, una herramienta que puede ayudar en el largo trabajo de tener una aplicación terapéutica y comercial. Cayendo en la lógica del mercado (y de las patentes), el hecho de que MIT y Harvard hayan concedido únicamente el derecho de desarrollar esta técnica para fines terapéuticos a un solo laboratorio (el laboratorio del investigador principal de este proyecto) significa que los beneficios que podemos esperar del CRISPR-Cas están en la manos de un solo equipo.

Pero más allá, es entender al conocimiento como una propiedad, exclusiva y limitada por un aparataje legal, que arbitrariamente define al conocimiento como producto exclusivo de una persona (o un equipo), pero que desconoce que el desarrollo del conocimiento es un proceso común. Y esta carrera de patentes, que es defendida como la única manera para incentivar la investigación, termina por crear un proceso que es tortuosamente conocido en el capitalismo moderno: la concentración de su riqueza (y en este caso, de conocimiento) y su limitación de acceso a quienes no lo pueden pagar.

El conocimiento como un común, como el producto de una compleja colaboración colectiva, siempre ha tenido fronteras nebulosas. ¿Cuáles son su límites? ¿Cuáles son sus problemas y sus virtudes? ¿Dónde termina el común y dónde comienza el individual? Pero estas y otras preguntas fueron pasadas por alto para entender el conocimiento como un bien más. Un bien limitado, un bien con un costo y un bien con una barrera de acceso definida por la capacidad de pagar por él. En fin, un proceso definido por el mercado, con los mismos ganadores y perdedores que siempre deja el mercado. (O)