Educación para una vida feliz y de servicio

- 18 de enero de 2019 - 00:00

La educación debe estar al servicio de la vida de cada persona y la comunidad. Debe preparar a las personas para resolver los problemas que la vida los reta. Una educación excelente desarrolla al límite las potencialidades de cada persona, contribuye a que se sienta feliz y sirva al bien común en las comunidades.

La educación debe proporcionar los instrumentos para que las personas, en cada momento de la vida, se encuentren capacitadas para enfrentar las incertidumbres del futuro en los diferentes roles que tenemos: como personas ante nosotros mismos, como hijos, hermanos, parientes, padres, amistades, pareja, el trabajo y la comunidad.

La educación debe ser inclusiva. Todos tienen el derecho a acceder, permanecer y culminar sus estudios hasta el límite de sus aptitudes y talentos, sin excepciones. Las personas tienen que descubrir y amar la actividad, asignatura y trabajo que más le gusta. Lo sublime de la educación, del trabajo y la vida es cuando se unen la alegría, la intuición, la creatividad, la innovación, la experiencia, el conocimiento, la sabiduría y se siente la realización plena y felicidad que no importe el tiempo ni pagos que reciba.

La educación debe enseñar que nadie es dueño absoluto de la verdad. Einstein decía “todo conocimiento tiene un campo de aplicación y un límite a partir del cual deja de funcionar y es reemplazado por otro conocimiento- que a su vez tiene un campo de aplicación y un límite. Así sucesivamente”. Una persona sabe poco o mucho sobre un campo y poco o nada sobre otro. La estupidez consiste en opinar de forma absoluta de un campo que sabemos poco o nada.

La educación debe practicar humildad, tolerancia, consenso, perdón, agradecimiento, espiritualidad y el amor. La educación debe ser un ejemplo de práctica de auténtica democracia y conservación del medio ambiente.

Para José Martí la educación “debe ser una síntesis viviente de los valores trascendentales de la humanidad”. (O)