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Mariana Velasco

Economía de las emociones

20 de octubre de 2021 00:43

Parecería que la pandemia llevó a descubrir que encontrar la pareja perfecta es una utopía romántica que tropieza con la realidad porque ningún ser humano, puede ni debe monopolizar el amor ideal. No significa que millones sigan enamoradas de su esposo y de ellas mismas.

La presencia de Covid 19, sacó a la luz la crisis de la pasión romántica que probablemente ya estaba rota. Muchas narrativas reflejan que ese tipo de amor es más imposible que nunca porque es único y, por naturaleza, eclipsa o subordina al resto de los afectos.

En este siglo XXI descubrimos que ya nada es estable ni duradero porque el amor al ser universal, se distribuye entre la pareja, compañeros, familias, amigas, profesión y las aficiones al sexo o las especies compañeras. Vivimos un presente horizontal y poliamoroso.

Salimos de la búsqueda del amor arrebatado, bidireccional e intenso a la reivindicación de un amor de baja intensidad, múltiple, en red. Hablamos de su metamorfosis y expansión. Está acompañado por una sensación de duelo: porque hemos perdido muchas estructuras que nos daban seguridad y perdemos un mito que le da un sentido —parcial pero poderoso— a nuestras vidas.

La pasión romántica y el matrimonio duradero han sido centrales durante gran parte de la modernidad. En el siglo XXI se abre paso la conciencia de que es importante cultivar las relaciones personales y las amistades, atesorar redes de afectos que vayan más allá de las familiares, recordar que el amor es un espectro amplio, no una opción única y excluyente que puede conducir a la toxicidad y la violencia. Ambos modelos sentimentales van a convivir tanto en nuestras vidas como los imaginarios que las cuentan, cuestionan y enriquecen.

En el libro, El fin del amor, la socióloga Eva Illouz argumenta que el desamor, el abandono de las relaciones románticas, constituye uno de los principales estilos emocionales de nuestra época. Y que la vida íntima de los seres humanos se ha dividido entre la libertad sexual —mediada tecnológicamente—, donde existen protocolos claros para guiar el “comportamiento, para obtener placer de una interacción y para definir los límites de la interacción”; y las relaciones emocionales con vínculos profundos, que suponen “un ámbito sumido en la confusión, la incertidumbre, e incluso el caos”.

Tanto en las vidas reales como en sus representaciones, observamos que la misma diversificación que ha transformado la economía empresarial define la nueva economía de las emociones. Las nuevas tendencias sentimentales evitan la concentración, distribuyen la intensidad y reivindican la amistad, la atención o el cuidado, en detrimento del amor único y para siempre.

Ese lento tránsito entre dos mitologías provoca angustia, la de estar entre dos mundos. El cambio de paradigma trasciende la esfera del amor de pareja, porque afecta a la pérdida de las certezas y de las instituciones duraderas.

 El divorcio se ha vuelto de lo más común en todo el mundo. En el ámbito laboral, pasamos de los trabajos a cambios constantes, teletrabajo y precariedad. La progresiva conciencia de esa gran mutación, aumenta los niveles de ansiedad y por ende la necesidad de una red de afectos.

Hay dos imaginarios principales del amor en nuestra época: el tradicional —jerárquico y romántico— y el nuevo —en red y afectivo— es probable que convivan en las biografías humanas y en narrativas audiovisuales y literarias que las representan, modelan y ponen en tensión.

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