Échalo de ti

18 de diciembre de 2011 - 00:00

Nuestros pies pueden conducirnos por un camino seguro o por uno peligroso; con nuestras manos podemos realizar grandes y gloriosas obras en procura del bien, o ejecutar males terribles y vergonzosos al servicio del mal; nuestros oídos pueden estar abiertos a escuchar palabras y frases nocivas, o estar prestos a atender relatos que edifican, aumentan nuestra sabiduría o incrementan nuestro conocimiento.

Podemos utilizar nuestra lengua para proferir agravios y blasfemias, manifestando corrupción, maldad u odio, o convertirla en instrumento para bendición y riqueza de quienes escuchan; con nuestros ojos podemos mirar
o leer cosas degradantes y perversas, u observar las maravillas de Dios y obtener sano entretenimiento, sabiduría y ciencia.

Dios nos ha dotado de múltiples facultades para utilizarlas como instrumentos en nuestra vida y disfrutar de ella, otorgándonos libre albedrío para usarlas según nuestros deseos, aprendiendo, comunicando, creando y construyendo obras como dignos hijos, hechos a su imagen y semejanza, con capacidades creativas y ejecutivas; por ello, del uso que demos a nuestros miembros dependerá nuestra evolución espiritual y relación con Dios.

Sobre esto, Jesucristo nos enseñó metafóricamente a través de sus discípulos que, si nuestros ojos o nuestras manos nos dan ocasión de caer en pecado, mejor es echarlos de nosotros, pues es preferible entrar al reino de Dios sin uno de estos miembros, que con todas nuestras facultades ser condenados a la destrucción. Hoy, más que nunca, la tecnología ha puesto a nuestro alcance toda clase de información, desde las más valiosas y edificantes hasta las más violentas, pervertidas y destructivas que, particularmente, a niños y jóvenes causan gran daño.

No se trata, obviamente, de quedarnos discapacitados, pues la exhortación es solo una metáfora para hacernos entender que la pérdida de uno de los valiosos órganos mencionados es poco, comparado con el daño que nos causa su uso en actividades que Dios reprueba. Tampoco se trata de aislarnos como ermitaños, para no ver ni ser parte de un mundo que se degrada a pasos acelerados.

El uso adecuado de nuestras facultades hará también que produzcamos buenos frutos; el Maestro Jesús también nos enseñó que todo árbol bueno da buenos frutos, y el árbol malo da malos frutos, y todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego. Cuidemos, pues, que cada cosa que hagamos no nos destruya.

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