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Ecuador/Vie.17/Sep/2021

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Mariana Velasco

¿Dónde estás mamá?

18 de agosto de 2021 00:08

La función madre es aquella que nos acoge desde que somos concebidos, dados a luz, alimentados, abrazados y protegidos, tarea que habitualmente realiza la madre biológica pero la pueden ejercer otras personas del entorno. A través de lo que recibimos, nos cargamos de amor incondicional y el corazón se nutre. Nos programa para el autocuidado, autoestima, autoprotección, nos abre a la empatía con los demás, a sentir amor hacia nuestros pares y ser amados por otras personas.

Hablo del amor incondicional. Ese amor único lo ofrecen miles, millones de mujeres en el planeta, también hay de lo otro; aquellas madres que no disponen de ese alimento nutritivo para entregar a sus vástagos, mientras éstos, como tabla de salvación se enganchan a cualquier sucedáneo para recibir migajas de ternura, al sentirse criaturas no queridas. ¿Dónde estás mamá?

Estos mecanismos que probablemente le salvaron de la muerte emocional en la niñez se convierten en armas de autodestrucción internas en la vida adulta. Perseguirá la perfección y el éxito, odiándose en los errores y fracasos para tapar el agujero que dejó una madre que nunca dio amor gratis.

Quienes crecen con - institutriz robotizada - que les alimenta, limpia y viste como a objetos, sin mirarlos, ni ser afectuosas y empáticas con sus hijos, éstos al crecer se sentirán como cáscaras vacías. La herida será diferente según en qué momento la madre dejó de sentir amor categórico por el o la hija. El daño es mayor cuando aquella mujer que nos trajo al mundo o adoptó, nunca o casi nunca pudo amarnos. Por instinto o por supervivencia, se depende de cuánta función materna disponible exista en el entorno.

Conocemos a muchos adultos salvados por una abuela, tía o hermana (casi siempre son mujeres), que ejercieron en su infancia una función de ‘’ madre poderosa’’ que anestesió al niño/a ante el dolor del desamor, aliviando la herida de una señorita o señora que no les quería. Algo parecido a lo que sucede con los niños huérfanos que son adoptados y crecen en familias amorosas. En todos estos casos, la cantidad de amor absoluto marca la diferencia entre alguien con huecos en su personalidad, cuya máquina de querer se dañó y alguien con un armazón de amor engrasado y funcional para ella misma y para los demás.

Revisar el “traje emocional” que llevamos impuesto según el sexo con el que nacimos es un paso absolutamente necesario en cualquier proceso terapéutico en el que sea imprescindible reconstruir el vínculo con uno mismo. Deberemos revisar qué necesidades, emociones y deseos se han quedado escondidos bajo la ropa de mujer o de hombre. Esta reparación no sólo mejorará la manera de tratarme y me llevará a aceptarme y quererme cómo soy, sino que también influirá positivamente en cómo trato y acepto a los demás mujeres y hombres.

En muchos casos, puede que no identifique ninguna herida en la infancia y que tuviera el privilegio de ser un infante amado de forma ilimitada pero hay situaciones en las cuales muchas madres se ‘’vengan’’ del desarrollo de sus hijos, retirando toda su atención sobre ellos y los condenan a una soledad llena de culpa por haber crecido. Esto les hace sentir desprotegidos ante un mundo que aún les resulta muy grande y les priva del apoyo emocional que necesitan para terminar de aprender a auto cuidarse.

Es buen ejercicio el aprender a diferenciar entre el amor que nos nutre y aquel como expresión de una madre que pone sus necesidades egoístas y narcisistas por encima de los hijos. Esta toma de conciencia ayudará a romper la cadena de desamor y a no transmitir la herida a parejas, amigos e hijos. Hay que digerir también que, un gran porcentaje de madres son hijas de este sistema de desamor y por ello urge desmitificar el rol materno para sanar por el daño recibido y romper ese eslabón de la cadena.

Las madres no somos diosas, somos humanas con historias de amor y desamor grabadas en el corazón e inconsciente. La mitificación de la maternidad sólo nos aleja de la realidad- carne - hueso y nos vuelve cómplices del tabú colectivo y del silencio. Tal vez así, cambiemos un sistema en el que cada nuevo ser resulta dañado por la falta de amor total.

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