Dioses y política

- 09 de junio de 2018 - 00:00

Los griegos tenían muchos dioses, todos referidos a las necesidades humanas. La religión judeocristiana separó el cuerpo del pensamiento, cuidando el alma y despreciando al cuerpo como su prisión. El Renacimiento recuperó el valor del cuerpo, pero lo dejó en manos de la ciencia positiva mientras el alma quedó en poder de la religión.

Se supone que el dios de las religiones monoteístas solo está donde está el bien, pues no puede coexistir con el mal, que pertenece al demonio. Para los poderosos, su poder político y económico siempre ha estado protegido por los dioses o por el Dios único.

Mientras la academia sostiene que la subjetividad no puede separarse del cuerpo, y que cuando este fenece, se acaba el alma, Antonio Tabuchi, en su novela Sostiene Pereira (Anagrama, Barcelona, 1999, P. 8), plantea que la ideología cristiana enseña que el alma es eterna, tiene otra vida después de la muerte corporal, y que, de modo admirable, en un futuro incierto vendrá la resurrección de la carne.

Para el cristianismo, el trabajo fue impuesto como un castigo para el hombre, como el parir para la mujer. Pero es una necesidad esencial, como la nutrición o la sexualidad. Como lo subjetivo cognitivo y afectivo. Como la libertad, la protección y el mundo social de la justicia y los derechos. Pero hay aún quienes mandan, porque su autoridad proviene de Dios, y quienes obedecen.

El sentimiento, más que el pensamiento, es hoy el área más susceptible de la influencia ideológica, y del cultivo del odio y la violencia. La gente, por influencia del poder político y los medios, se deja influir por mensajes que buscan tocar sus sentimientos. Los líderes honestos tratan de explicar su verdad, pero la población oye solo en parte sus propuestas y en mayor medida las imágenes, frases, opiniones y mensajes encaminados a cultivar el odio.

Juan José Saer, en Las nubes (Barcelona, 2002), manifiesta: “Como Dios no existe, nos toca a nosotros los hombres corregir las imperfecciones del mundo”. La manipulación de la política, Dios mediante, responde, como siempre, al interés de los poderosos. (O)

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