El dilema de San Valentín

- 14 de febrero de 2019 - 00:00

“Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados”, se lee al inicio de El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez. Gibran Khalil Gibran hablaba de seguir al ave del amor aunque guarde la espada que luego nos herirá.   

Valentín de Roma, antes de ser santo, casaba a los soldados con sus damas en la época de Claudio II. Al ser apresado y antes de su decapitación, entregó a una mujer joven y ciega un papelito. La zagala al abrirlo recobró milagrosamente la visión para leer “Tu Valentín”, como una despedida. Ya que nos encontramos en este día no hay que olvidar la mitología de Eros y Psique, quien en secreto descubrió el rostro del niño travieso, pero juntos sortearon los celos de Afrodita para vivir en el Panteón de los dioses.

Del mundo clásico nos llega el diálogo de Aristófanes en El Banquete, escrito por Platón, cuando habla de los tiempos antiguos cuando existían los humanos nacidos dobles hasta que Zeus decidió cortarlos en dos mitades. Así que el amor sería el deseo de encontrar esa mitad que nos falta (no hay que olvidar que también cita a los andróginos).

Acaso, el poema judeocristiano más hermoso sea el Cantar de los Cantares, de Salomón. Así dice la amante: “Ah, si me besaras con los besos de tu boca… / ¡Grato en verdad es tu amor, más que el vino! / Grata es también, de tus perfumes, la fragancia; / tú mismo eres bálsamo fragante”.

Siguiendo la línea, encontramos en Borges: “Loado sea el amor en el que no hay poseedor ni poseída, / pero los dos se entregan”, pero también en Los evangelios apócrifos escribe: “Felices los amados y los amantes y los que pueden prescindir del amor”.

Octavio Paz exclamó: “El amor dura, lo que dura un suspiro: una eternidad”. Uno de los pocos amores verdaderos era el que sentía Don Quijote por la idealizada Dulcinea, y eso que leía libros de caballería y no de poesía. “En las tinieblas / lo que ronda mis ojos / es su sonrisa”, escribió Kobayashi Issa. Huidobro sentenció: “Sin embargo te advierto que estamos cosidos / a la misma estrella”. (O)

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