El difícil trabajo de reinventarse

- 26 de septiembre de 2020 - 00:00

Me causa asombro ver cómo los padres y madres de familia jóvenes están dedicados a trabajar en actividades que nunca pensaron hacerlas antes. Todos estudiaron en la universidad y algunos hasta tienen maestrías. Los conozco porque están en servicios relacionados con la alimentación. Están ahora plantando hortalizas, procesando alimentos o distribuyéndolos. Se han visto obligados a reinventarse. Son prueba de que el espíritu humano resiste los embates y de que la fuerza de la vida les hace tomar decisiones que antes no se habían planteado.

 Veo llegar a mi proveedor de cárnicos en su bicicleta transportando la mercancía cargada en su mochila. Al mismo tiempo que admiro su estado físico, me preocupa el tremendo esfuerzo que hace al viajar kilómetros. Mi ahijado, mientras tanto, se puso a hacer mermeladas y llega a dejármelas, asegurándome lo ricas que son.  Mi alumna apoya un emprendimiento de comida ayurvédica y mi pasante se puso a fabricar alimentos vegetarianos. Mi sobrina se da el trabajo de traerme la canasta de hortalizas cultivadas por su familia. A todos ellos los admiro y les debo mucho. Sin ellos no podría abastecerme, tampoco tendría una dieta variada o el placer de poder mirarlos por un minuto.

 Hemos comenzado a ver el impacto económico de la pandemia del coronavirus. El mes pasado, el diario El País de España publicaba un artículo sobre la situación laboral del Ecuador, analizando cómo la gran mayoría de ecuatorianos está en el desempleo o en condiciones laborales precarias. Más de un millón de compatriotas ha perdido su trabajo o ha sido despedido. La situación laboral afecta económicamente de manera desproporcionada a los jóvenes que se dedican al sector de servicios quienes, además, están en riesgo de salud al estar expuestos al contagio.

 La pandemia de COVID-19 ha afectado todos los aspectos de sus vidas. Incluso antes del inicio de la crisis, la integración social y económica de los jóvenes era un desafío. Ahora, es probable que ellos sufran efectos graves y duraderos de la pandemia. Se enfrentan a una ruptura en la economía y en las prácticas sociales (trabajo, permanencia, pareja, cuidado, bienestar, familia, educación, salud, seguridad). Y nos les queda otro remedio que seguir adelante. En estos tiempos de modernidad líquida, la transformación de los antiguos mecanismos de convivencia social hace que los jóvenes sólo den por cierta la incertidumbre.

 Y esto cuando todavía estábamos en la sorpresa de ver expandirse a la clase media en el Ecuador. Su ascenso se debía en gran parte a la actividad económica que se derivaba de los ingresos del petróleo. Un buen número de jóvenes ingresaban en la creciente fuerza laboral, establecían nuevos hogares y consumían. Esto impulsaba la demanda y creaba nuevas actividades económicas. La pandemia los tomó totalmente desprotegidos. Ahora, el tipo de actividad productiva que realizan –la mayoría de actividades esenciales que requieren trabajo presencial– se combinan con condiciones laborales que han sido flexibilizadas y precarizadas.

 Considero que los jóvenes tomarán lecciones de la vida que llevan ahora y del trabajo que desempeñan. La más obvia de las lecciones es que deben desarrollar enormes dosis de adaptabilidad y humildad: deberán ajustar sus expectativas a la realidad en desarrollo y al igual que el resto de nosotros, deberán reducir sus gastos a lo indispensable. Observarán que la necesidad es el motor que les ha llevado a obtener resultados y reconocerán que han tenido la energía para llevar a cabo las tareas que se han impuesto. Sabrán trabajar bajo presión, desarrollarán resiliencia y fortaleza interior para no dejarse llevar por los reveses. Y experimentarán las bondades que tiene ser autónomo y tomar decisiones por uno mismo.

 La verdad es que comparto sus sentimientos. Nuestros jóvenes están viviendo las experiencias que hemos tenido nosotros a través de los años, pero a ellos les toca vivir todas de una sola, a una velocidad vertiginosa. Deseo para ellos, de todo corazón, suerte y fuerza en el difícil trabajo de reinventarse.

 

 

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