Deux ex Machina

- 11 de marzo de 2016 - 00:00

Como especie, hemos imaginado a robots desde Homero, cuando describía el taller de Hefesto, repleto de sirvientes “de oro al estilo de doncellas vivientes”. En ellas Homero describe mente, pensamientos, lenguaje, fuerza y el conocimiento. Las humanoides de Hefesto son inteligentes y, según la propia descripción de Homero, básicamente indistinguible de Pandora, aparte de sus orígenes (las doncellas de oro creadas de metal, Pandora de tierra y agua).

Es el mito que toma Aristóteles en su Política para describir un mundo automatizado, el mejor tipo de régimen, y luego entrar a una larga y bastante preocupante justificación de la esclavitud. Marx es menos sombrío en sus predicciones, augurando que la automatización de la producción llevaría a la sociedad a un quinto estado, trascendiendo el capitalismo. Un socialismo donde la sociedad ha podido satisfacer sus necesidades eficientemente, reduciendo el tiempo de trabajo y creando implicaciones emancipadoras para los obreros (que deben organizarse contra los capitalistas, quienes buscarán crear necesidades, y mantener un alto consumo, y su posición dominante).  

La historia nos ha mostrado que la automatización se ha decantado a favor del capitalista. La función de producción del trabajador ha sido reemplazada por una función de facilitador de intercambio. Ya no se produce, sino que se facilita la distribución (ser cajero en un supermercado). Ya no es nuestro trabajo el que recibe una remuneración, es nuestro tiempo.

Como género humano, nos jactamos de nuestra capacidad creadora, creativa; de nuestra capacidad de tener control sobre nuestras creaciones. Más aún, tener un propósito autodeterminado y la capacidad de ser conscientes de nuestra propia existencia. La apreciación kantiana de una realidad creada e interpretada a través de nuestra mente, lo cual explica el utilitarismo de la automatización de la producción en función de la perpetuación de las relaciones sociales. Pero más que eso es que somos dioses de nuestras máquinas. Su superioridad mecánica es superada por nuestra capacidad creadora, por nuestra autoconcepción filosófica.

Hasta que no lo somos.

En esta semana el ordenador AlphaGo venció por segunda vez al campeón mundial de go. En este punto, no resulta tan sorprendente, a primera vista. En 1997, Deep Blue venció a Gary Kasparov, el entonces campeón mundial de ajedrez. Pero lo hizo a través de fuerza bruta. Deep Blue constantemente calculaba todas las posibles jugadas y respuestas y respuestas a la respuesta (etc.), hasta llegar a la mejor jugada. El problema con go, y su característica principal, es que por cada 20 posibles jugadas en ajedrez hay 200 que se pueden hacer en go. Hay más posibilidades de juegos que átomos en el universo. Entonces los jugadores confían en su intuición para hacer muchas de las jugadas. La intuición que no tienen los ordenadores y que sugería que sería difícil que le puedan ganar a un humano. Al mejor de los humanos.  Y justo eso está pasando. Un programa con un algoritmo general que es capaz de aprender del mundo. Un mundo real que es ruidoso y complicado, y que no comprendemos nosotros y, por lo tanto, asumimos que ninguna máquina pueda hacerlo, porque no tienen esa capacidad propia de nuestro género para aprender y engañar. Ya somos esos dioses.

“Mientras las reglas Baracas del ajedrez podrían ser únicamente creadas por los humanos, las reglas de go son tan elegantes, orgánicas, y rigurosamente lógicas que si existe vida inteligente en algún otro lado en el universo, seguramente juegan go” (Edward Lasker). Como dioses. Deux ex Machina, pero real.  (O)