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El Telégrafo
Bernardo Sandoval Córdova

La desvergüenza de Djokovic

16 de enero de 2022 00:00

Posiblemente el serbio pasará a la historia como el mejor jugador de tenis.  No obstante, su figura no será tan grande como la de Federer o la de Nadal.  El suizo ha demostrado siempre un comportamiento impecable y su caballerosidad ha sido determinante en su popularidad. El español genera el aprecio y el asombro del mundo por su competitividad y resiliencia a pesar de la cantidad de lesiones.  Djokovic, por otro lado, ha sido una figura polarizadora.  Trata de ganar a toda costa, recurriendo a artificios como manifestar dolor cuando está perdiendo y tras enfriar el partido, por la pausa de atención, ganarlo holgadamente. 

 

Tiene expresiones de furia, habiendo golpeado con un pelotazo a una señora que actuaba como juez de línea; organizó, contra toda opinión disuasiva, un torneo de tenis en plena pandemia, en época de confinamiento, cuando no había vacunas y provocó un significativo contagio.  En fin, Novak Djokovic es de aquellas personas que quieren las cosas a su manera y de ninguna otra manera. 

 

Este perfil desafiante lo ha llevado a protagonizar el escándalo en Australia, cuando le han revocado la visa por intentar entrar a dicho país, para jugar el torneo abierto de tenis, sin estar vacunado contra el Covid-19, requisito absoluto que Djokovic ha querido obviar, presentando una absurda exención médica indicando que él ya ha tenido la enfermedad y por ello no necesita vacuna.   Su situación fue dramatizada por él, su familia y el propio gobierno serbio indicando que se atentó contra sus derechos humanos al mantenerlo en un edificio destinado a inmigrantes y no en un hotel con cancha de tenis para que pueda entrenar.  ¡Qué horrenda afectación a los derechos humanos!  No poder entrenar ni tener acceso a su dieta especial.

 

Insólitamente, un juez australiano le devolvió la visa a Djokovic e incluso fue sorteado en los grupos del torneo.  Más tarde se conoció que había mentido en su declaración de inmigración indicando que no había viajado a otros países antes de Australia cuando se comprobó que sí lo había hecho. El ministro de inmigración de Australia volvió a retirarle la visa y determinó su deportación, sin embargo, Djokovic, repleto de dinero, de abogados y de arrogancia, quiere jugar el torneo a toda costa y ha apelado nuevamente.

 

Asumiendo que tiene éxito la apelación de Djokovic y p jugar el torneo en cuestión, lo hará en un estado australiano, Victoria, que ha estado en confinamiento por cuarenta semanas, que se ha vacunado con disciplina, demostrando ella sí un sacrificio y resiliencia encomiables.  De hecho, el 83% de australianos repudian la actitud de Djokovic y desean su deportación, aunque aún, a 14 de enero, el asunto no tiene desenlace.

 

Inaceptable que alguien, por su vanidad, fama, dinero y arrogancia quiera pasar por encima de la Ley. Si su convicción es antivacunas, que no juegue el torneo, que acepte las reglas.  Ojalá que la razón prevalezca y que se cumpla aquello que nadie puede estar por encima de la Ley.  Que la razón y la justicia sean más fuertes que el músculo y el dinero.

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