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El Telégrafo
Carla Estefanía Pareja

Despenalización no es igual a inclusión

14 de enero de 2022 - 00:00

Este artículo lo tenía pendiente desde noviembre, los problemas técnicos y el cambio de coyuntura hicieron que no pudiera ser publicado en su momento; sin embargo, nunca es tarde para conversar de derechos humanos.

Fran Gómez y Erika Carpio rondan los veinte, son cuencanas y artivistas. El 18 de noviembre del 2021 estaban haciendo turismo en Quito. Tenían a la capital como más inclusiva y abierta a las diversidades sexuales, comparada a su ciudad de residencia. Luego de visitar varios puntos turísticos fueron a la Basílica del Voto Nacional. Esta infraestructura con estilo neogótico que se encuentra en el Centro Histórico de Quito parecía un lugar perfecto para tomarse fotos. Parecía, puesto que una vez que se tomaron un par se les acercaron personas a decirles que no podían hacerlo por no tener permisos. Fueron varias veces y era solo a ellas. Cerca se encontraban otras personas que se tomaban fotos libremente, sin ningún tipo de restricción.

Hasta esta parte de la historia seguro cualquiera se indignaría por esta injusticia, pero resulta que Fran y Erika se identifican abiertamente como mujeres trans y debido a esa razón NADIE del público presente (excepto una amiga que las acompañaba) las defendió y la administración les solicitó que se retiren, incluyendo epítetos peyorativos como "ustedes no pueden estar disfrazados dentro de la iglesia”, siempre tratándolas en masculino. Una amiga de ellas grabó todo el hecho y le preguntaba al hombre que las sacaba cuál era la diferencia de ellas con las otras personas tomándose fotos sin un permiso, no obtuvo respuesta.

Es aquí donde la sociedad ecuatoriana se divide entre quienes defienden derechos humanos y quienes defienden el lamentable hecho de sacar a dos mujeres de un espacio turístico abierto al público por el simple hecho de considerarlas no gratas o dignas de estar en un lugar que forma parte de la religión más profesada en el Ecuador, la católica.

¿Aceptación?

Todo esto ocurrió a pocos días de la conmemoración de la despenalización de la homosexualidad en el Ecuador y que, por supuesto, también incluye a personas bisexuales, transexuales, transgénero, asexuales, intersexuales, queer y las múltiples identidades y expresiones de género existentes.

Cada 27 de noviembre recordamos con sentimientos encontrados que en 1997 pasamos de ser personas criminalizadas por ser como somos a ser enfermas, indignas, inmorales, de segunda o tercera clase, pero al menos no nos meten presas.  El 27 de noviembre de 1997, el ex Tribunal Constitucional emitió una sentencia declarando inconstitucional el primer inciso del artículo 516 del Código Penal que nos condenaba de 4 a 8 años a prisión. 

Antes, durante y después de 1997 hubo represión, agresiones, secuestros y violaciones “correctivas”, no ha habido reparación de ningún tipo a quienes sobrevivieron al artículo 516, a pesar de haber una demanda al Estado ecuatoriano que está en curso, o más bien, está estancada. Porque los derechos de las personas LGBTIQ+ nunca han sido prioridad.

Violencia transfóbica es lo que le ocurrió a Fran y a Erika, seguramente un término prácticamente desconocido y no aceptado en Ecuador, incluso podríamos decir que se lo considera una imposición a la sociedad y la familia “tradicional”. Grupos antiderechos han “bautizado” a los términos de inclusión de identidades y diversidades sexogenéricas como ideología de género y como un intento de “homosexualizar” a la niñez y juventud, nada más lejos de la realidad.

Lohana Berkins (+) activista militante de la Ley de Identidad de Género en Argentina y que utilizaba la palabra travesti de una forma reivindicativa, decía en una entrevista: “el Estado es el principal violador de los derechos de las travestis, por acción u omisión. Por otro lado, la desvalorización social se expresa a través de los insultos y estereotipos, que sistemáticamente remiten a las travestis a un supuesto origen biológico masculino e impugnan nuestras posibilidades de existir en nuestros propios términos.” Es decir, los estados no están permitiendo que las personas se autodefinan y vivan como desean hacerlo, al menos no a las personas trans y LGBTIQ+.

Por otro lado, cada 17 de mayo es el Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia. En esta fecha la ONU hace un llamado constante a establecer nuestra postura contra el discrimen y la segregación, peor en momentos en que tenemos una pandemia como la de COVID-19, cuando hay guerras o hambruna, cuando los países tienen leyes que restringen derechos, estas son situaciones que afectan a la salud, lo económico y lo social en igual intensidad. Sin embargo, dichas circunstancias exacerban las desigualdades existentes, incluidas las basadas en la orientación sexual, la identidad de género y las características sexuales, con efectos casi siempre catastróficos para las personas LGBTIQ+, uno de los grupos vulnerables que más sufrimos de la marginación o exclusión.

Interrogantes no resueltas

¿Cuál es el problema que existan personas que se reconozcan como trans, como género neutro o fluido, como asexuales o como bisexuales y homosexuales? ¿En qué afecta la subjetividad de su reconocimiento a las otras personas? Son dudas reales que me hago a diario. ¿Por qué una persona que se identifica como heterosexual cisgénero se siente amenazada, vulnerada, agredida e irrespetada por el simple hecho de que las personas LGBTIQ+ existimos? Y hemos existido siempre, debo acotar.

¿Cuál es el problema de que personas trans, vestidas de acuerdo a como se identifican, acudan a un espacio público o privado? Y la respuesta a esta pregunta es que incomodan, molestan a la visión y tranquilidad de quienes se creen dueñas de ese espacio. El problema no es de Fran y Erika o de muchas otras personas segregadas por la misma razón, el problema es de quienes se incomodan.

Lohana Berkins también contó en una entrevista que: “detrás de todas las tensiones que causa nuestra presencia en el espacio de la ciudad hay un debate en curso acerca de quiénes son las y los legítimos habitantes del espacio público. Considero que detrás de los esfuerzos permanentes de regular prácticas que tienen lugar en el espacio público —tal es el caso tanto de la prostitución, como de la venta ambulante y de las manifestaciones políticas— lo que podemos encontrar es un proceso de imposición de los valores morales propios de algunos grupos sociales a toda la sociedad. Esta universalización de puntos de vista particulares constituye una práctica autoritaria que resistimos y resistiremos.  Las travestis no pretendemos imponer nuestros valores y perspectivas sino que exigimos la libertad y las condiciones materiales para vivir vidas gratificantes y plenas de derecho. Para ser ciudadanas necesitamos gozar de las mismas libertades en el espacio público que disfrutan las personas que son consideradas respetables”. Y las palabras de Lohana resuenan en todas las personas LGBTIQ+, eso deseamos.

Se necesita acción

El gobierno ecuatoriano tiene leyes y mantiene acuerdos internacionales en los que podría apoyarse si desea que exista una real inclusión de la población LGBTIQ+. Asimismo, tiene instituciones que deberían ser capaces de hacer cumplir esa normativa, una vez más no hay voluntad política, no interesa que la población LGBTIQ+ sea tratada igual que quienes no se consideran parte de dichos colectivos.

Mi mayor deseo para el Ecuador es que todas las personas, sin distinción, tengamos las mismas oportunidades y se nos garanticen todos los derechos, sin pensar que alguien los merece más o que alguien no los merece. Que el Estado eduque a la ciudadanía para que a pesar de las discrepancias incluyan a quienes sienten como diferentes, no solo porque lo diga la Ley sino porque existimos, tenemos y merecemos los mismos derechos.

Fran y Erika, junto con otras personas, organizaron una actividad llamada Fotografiada Dominical realizada en la mañana del domingo 28 de noviembre en la Glorieta del Parque Calderón indicando que “las identidades trans no son un disfraz. En espacios públicos y privados nuestros derechos deben ser respetados.” Fue una mañana alegre, llena de color, libertad y ternura radical. Todas las personas fueron bienvenidas.

Concluyo diciendo que, si no somos bien recibidas en el espacio público, deberemos irrumpir en él “hasta que la dignidad se nos haga costumbre”, como dijo Estela Hernández.

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