Desmontar el correísmo

- 01 de julio de 2016 - 00:00

Ese es el grito de batalla de la oposición. Desmontar el correísmo. Y es un grito de batalla que no terminó de entenderlo como un proyecto político o como un proyecto de país, seguramente porque no es ni lo uno ni lo otro. Fue, más que nada en sus inicios, una razón de ser de aquella ‘Unidad’ que no tardó en dejar de serla. Una tendencia política que rápidamente mostró que, al final del día, un político es, ante todo, un político. Es decir, un político que tiene como objetivo principal el poder. O, en términos más democráticos, en ser (re)electo. Pero si este es el rasero con el cual mido a la oposición, debe ser el mismo rasero con el cual mido a PAIS.

La gran promesa de Rafael Correa y Alianza PAIS fue esa idea de la Revolución Ciudadana. Fue lo que los votantes querían oír. Porque fue un proyecto que nació desde las bases y se construyó a partir de un imaginario de “mentes lúcidas, manos limpias y corazones ardientes”, distanciándose de los grupos políticos y económicos que llevaron al grito en unísono del “que se vayan todos”. Esa fue la promesa. Y por un momento nos olvidamos de que nuestros gobernantes también eran políticos, así sean políticos nuevos. Es decir, nos olvidamos de que nuestros gobernantes tienen como primer objetivo el poder. No es su único objetivo, pero sin duda es la fuerza que determina sus preferencias al momento de gobernar (que es otra manera de estar en campaña política).   

Nueve años después, la idea de la Revolución Ciudadana, no así su valor propagandístico, se ha ido desvaneciendo. Más que nada porque, nueve años después, la ‘Revolución Ciudadana’ no termina de ser una ‘Revolución’ ni termina de ser ‘Ciudadana’. En estos nueve años hemos tenido un modelo desarrollista que recuperó al Estado del ostracismo, pero que ha tenido mucha dificultad en trascender su éxito en infraestructura y regenerar una, todavía joven, institucionalidad. No se ha logrado, en definitiva, revolucionar las relaciones de poder y la estructura social y económica. Si ha cambiado la élite política, ha sido más en nombres que en estilos. Entonces, no podemos dejar de tratar a nuestros gobernantes como lo que son: políticos.

Siendo así, lo que debemos preguntar es cómo el proyecto político de PAIS avanza las pretensiones políticas de sus representantes. Sin desmerecer lo que la inversión y el proyecto de PAIS significó en términos sociales y económicos (aunque, no olvidemos, no es un favor el que nos están haciendo… es su obligación), hay que preguntarse qué significó este desarrollo en términos de poder y apoyo electoral, y si este poder y apoyo electoral han permitido la construcción de un gobierno dispuesto a crear los canales de representación que buscamos, si ha creado las condiciones que buscamos como ciudadanos, tanto como individuos económicos, así como individuos sociales y políticos. Y, más que nada, qué ha significado este proyecto político de PAIS en términos de transparencia, una transparencia que permita discernir los grandes ganadores del boom económico previo a la actual crisis, porque ahí encontraremos la preferencia política al momento de gobernar.  

A lo mejor a esto se refieren con ‘desmontar el correísmo’, cambiar las relaciones políticas y económicas que se crearon en estos últimos nueve años. Pero eso sería darle un crédito desmerecido a la oposición. Al final del día, los Lasso, Viteri, Bucaram o Carrasco son, también, políticos. Y, usando el mismo rasero, antes que ‘desmontar el correísmo’ como proyecto político, como proyecto de país, para avanzar un nuevo modelo de país, lo que quieren es hacerse de ese poder. Ellos tampoco buscan cambiar de estilo, solo de nombres. Y en ese cambio habrá que preguntarse cuáles serán sus preferencias al momento de gobernar. (O)