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El Telégrafo
María José Machado

En defensa de Jada Pinkett Smith

02 de abril de 2022 00:00

Lo sucedido con Jada Pinkett Smith, quien fue víctima de una desafortunada broma sobre su alopecia por parte de Chris Rock, a quien Will Smith dio una bofetada en la entrega de los Premios Oscar, ha suscitado una serie de reflexiones sobre los límites del humor, el bullying hacia personas que padecen enfermedades autoinmunes, la violencia estética, las masculinidades violentas, la justicia por mano propia y la legitimidad de la defensa a través de la violencia física.

 

La escritora feminista venezolana Esther Pineda ha alertado sobre la importancia del cabello para las mujeres negras en el contexto del racismo y como un asunto no menor la burla hacia una situación de salud sobre la que se ejerce violencia estética. Las mujeres –famosas o no– siguen siendo presionadas por la industria de la belleza y por las opiniones no solicitadas sobre el físico. Es lamentable, para Pineda, que la atención se siga dirigiendo hacia dos hombres y la violencia entre ellos mientras la mujer ofendida es solamente “la manzana de la discordia”.

 

Sher Herrera, feminista afrocolombiana, en un vídeo para Volcánicas Revista sostiene que es frecuente estigmatizar las reacciones a la agresión y no la agresión misma, cuando están involucradas personas racializadas. El acumulado de estigmas hacia las mujeres negras se traduce en indefensión y en incapacidad de respuesta inmediata ante las agresiones machistas. Will Smith hizo lo que poca gente hace, aunque exista en ese acto una connotación patriarcal por tratarse de su pareja: defender a una mujer negra de un acto de humillación pública. Para ella, ojalá todas las personas pudieran proteger la dignidad de quienes están en situación de injusticia y vulnerabilidad. Relata una situación horrible de violencia que vivió y dice que le hubiera gustado que la defiendan.

 

Es verdad que cuando una mujer sufre una humillación pública en un asunto vinculado con su vida emocional y sus preocupaciones profundas, como las condiciones de enfermedad, el cuerpo, el aspecto, las relaciones interpersonales y la salud mental, la reacción puede ser desoladora. Justamente es así porque la sociedad pone sobre nosotras muchas presiones y las mujeres negras se llevan la peor parte. Es difícil opinar sobre una situación cuyos móviles profundos los conocen solamente las personas involucradas. Sin embargo, es obvio que la violencia sufrida por Jada Pinkett Smith pasó a un segundo plano y el duelo entre los caballeros fue en adelante el tema de conversación. Si estuvo o no bien dado el golpe. Si se justificaba. Si se hizo por sentido de propiedad sobre la ofendida, por amor o por el “amor” que dicen también sentir los feminicidas cuando cometen sus crímenes. Si se hizo por el ego herido del macho o por un sentido de compasión al conocer de cerca el dolor de su esposa y el proceso de aceptación de su cabello.

 

Algo que he pensado en estos días es el parentesco de esta situación con la reflexión sobre los delitos de honor. A veces, la defensa puede ser más violenta en sí misma que las agresiones primarias. Como ejemplo, los delitos de honor históricamente han sido un conjunto de crímenes violentos contra las mujeres cometidos por varones de la familia y justificados en la cultura. El bien jurídico protegido es, aparentemente, la “honra” femenina, pero en realidad es la reputación de los varones, que se define en su poder de custodiar y controlar la sexualidad, la capacidad reproductiva y la libertad de “sus” mujeres.

 

También he pensado en cuántas veces me ha paralizado la violencia machista, al punto de perder la capacidad de reacción. Alguna vez, cuando fui estudiante universitaria, el entonces decano de mi facultad entró a mi curso y me amenazó públicamente, frente a mis compañeros, en voz alta, con denunciarme penalmente y expulsarme de la facultad, cuando ya me faltaban meses para graduarme, porque yo supuestamente habría mancillado el honor de los sagrados docentes y de la sagrada universidad. Recuerdo que después del incidente yo tenía terror de ir a clases, porque ya no me dirigían la palabra varios compañerxs y muchos profesores. Estaba paralizada porque vivía bajo amenaza, en una situación de poder en la que al ser joven y estudiante podía perder mi carrera y mi libertad. Me imaginaba en la cárcel. No atinaba a decir absolutamente nada. Solo trataba de no llorar en público. Me hubiera gustado que alguien me defienda frente a los violentos apenas me humillaron, pero nadie lo hizo. Esos silencios cómplices también alimentan la impunidad de los que abusan de su poder y que gozan de prestigio y aprecio público.

 

Otra cosa que me puse a pensar es que los bullies y violentos a veces solo se detienen cuando otro hombre los enfrenta. Se hacen caso entre ellos. Las mujeres, para ellos, a veces no somos suficientes. No es suficiente nuestra incomodidad, no es suficiente nuestra cara de hastío, no es suficiente que les digamos que no. Los matices son importantes y mientras vivamos en un mundo patriarcal en el que podemos perder como víctimas de una serie de agresiones, en tanto mujeres, la capacidad de reacción inmediata, o mientras nuestras acciones y palabras no tengan la misma relevancia social, o mientras el poder simbólico y político no sea nuestro, no es raro que parte de los anhelos de muchas mujeres para sobrevivir en este mundo machista sea encontrar un superhombre que las defienda. Ya hay meme de necesito a un Will Smith en mi vida. Casi como el anhelo del sugar daddy. De lo que la sociedad y las desigualdades estructurales nos despojan, el patriarcado se encarga de volverlo en nuestras subjetividades un anhelo encarnado en la figura de un hombre: protector y proveedor. Porque nuestra seguridad y medios de vida están amenazados constantemente si dependen de nosotras mismas.

 

Tanto por sentimientos de autoatribuida indefensión, como por condiciones objetivas de desventaja (violencia temida y violencia sufrida), muchas mujeres hemos comentado en estos días las veces en que solamente la participación de hombres cercanos ha detenido las amenazas contra nuestra integridad. Esto no lo decimos sin una mirada crítica sobre el trasfondo tutelar del asunto, pero no deja de ser una realidad. Yo recuerdo siempre a mi abuelito, ya mayor, pero todavía vigoroso, parado en la puerta de la casa, en actitud pendenciera. Le preguntaba qué pasaba y me decía, aquí estoy para ponerle en su sitio a un desgraciado que le fue faltando al respeto a una chica. Y muchas coincidimos en que no quisiéramos como pareja a un “gallito de pelea” pero sí a una persona solidaria, a quien le duela lo mismo que a nosotras, quien pueda reaccionar cuando nosotras no podemos. Esto, por supuesto, no significa que los puñetes estén bien. Tanto Will Smith como Chris Rock se han disculpado con los otros implicados en la escena. La violencia nunca se justifica, dicen. Pero lo sucedido ha tocado fibras sensibles de una infinidad de aspectos de la condición humana.

 

Lo que decimos muchas es que la defensa en un sentido amplio siempre es legítima y que hombres y mujeres podemos hacerla. Sin embargo, todavía existe una particular idea de la defensa masculina. Está en nuestro imaginario la prevención de ir acompañadas de un hombre para salir en las noches. Cuando nos insiste un tipo que no nos gusta lo más fácil es decirle que tenemos novio. Para resolver nuestros divorcios violentos buscamos un abogado “bien parado” que pueda hacerle frente al infame que aún después de la separación continúa ejerciendo su violencia a través de la negativa de pensiones alimenticias, de la amenaza con quitarnos a nuestros hijos o de la retención indebida de nuestros bienes. He visto esas publicaciones en las redes sociales. Busco abogado hombre. Por eso, el proceso de despatriarcalización es tan complicado, porque nuestras subjetividades han sido moldeadas por estos imaginarios.

 

El peligro de la existencia de estos paladines en nuestras vidas es que nos siempre “nos defienden” porque lo hemos pedido nosotras. Como dice la tuitera Adriana León, @ceibodecabeza: “Hay gente que te defiende porque saben que te incomodó otra persona y hay quienes te ‘defienden’ porque sienten que eres su propiedad y que les incomodaron a ellos”. Así que a veces la supuesta defensa puede ser tan incómoda como la agresión. También existen casos en que se puede lamentar la falta de solidaridad de la pareja o la familia cercana cuando no actúa frente a algo que duele y que produce un daño. Desde adolescentes acosadas por exnovios agresores y controladores que han debido pedir a sus nuevas parejas o a sus padres que los amenacen o golpeen, como única forma de detenerlos, hasta el uso del propio derecho penal de monopolio estatal para poner al aparato represor del lado de la víctima para equilibrar la relación de poder, parece que las mujeres siempre necesitamos tutela.

 

Me gustaría vivir en un mundo sin racismo, sin presiones estéticas sobre las mujeres, sin tabúes sobre las enfermedades autoinmunes y sin violencia. Y por supuesto, sin tutela. Qué maravilloso sería poder defendernos a nosotras mismas, como las mujeres empoderadas que idealizan las feministas liberales. O aún mejor, como mujeres autónomas, fuertes y listas para reaccionar. A mí me ha conmovido y me ha movilizado mucho el mensaje de las escritoras negras que reflexionan sobre las nociones blancas acerca de cuál es la “reacción admisible” o “correcta”, nociones que frecuentemente refuerzan los esteretotipos sobre el carácter irreflexivo y grosero de las personas racializadas. Y me gusta el mensaje de Roxane Gay, escritora estadounidense, quien afirma que el tema se ha prestado para que cada quien proyecte sus antecedentes, opiniones y afinidades; y que lo aprovecha ella para una maravillosa defensa de la piel fina y de los límites personales:

 

 “Pero no importa lo dura que tengas la piel o lo protegido que estés por la riqueza, la fama y el poder: que se rían de ti no tiene gracia. A veces, es intolerable. Cuando van siempre contra ti —las bromas, los insultos, las descortesías y cosas peores—, como le ocurre a la mayoría de las mujeres negras, la piel que llevamos toda una vida endureciendo podría hacerse pedazos. Solo somos humanas, y lo son, también, las personas que nos quieren.”

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