De impuestos y otros demonios

- 15 de abril de 2016 - 00:00

Las últimas marchas en contra (y a favor) de las medidas del Gobierno presentan algo particularmente revelador sobre la motivación de cierta élite de la oposición, y sobre cierto grupo de la oposición. Andrés Páez, por ejemplo, sugirió que las protestas eran para “pedirle al Presidente que retire el paquete tributario”. Andrés Valdiviezo, coordinador del Foro Ecuador Democrático, contrario al Gobierno, señaló que no quieren más impuestos. “Estamos cansados de los impuestos, queremos respeto”, dijo en declaraciones a Ecuavisa.

Ahora bien, el Gobierno no ha escondido su necesidad de llenar el hueco fiscal dejado por la caída del barril del petróleo. Lo que ha buscado, según el presidente Correa, es compensar el desfase sin afectar a quienes normalmente son afectados con impuestos fijos y universales, los más pobres (o, menos ideológico, la mayoría de los votantes). Lo difícil es separar lo que produce la mayor disconformidad en la masa de manifestantes (asumiendo que las élites dentro de la oposición les preocupa poco o nada la substancia de la razón detrás de las manifestaciones, y más el capital político que esto representa… más sobre esto después). No se sabe si el descontento es sobre el impuesto en sí, o si el descontento es sobre el manejo económico que ha llevado a este tipo de impuestos.

El impuesto en sí, al final del día, afecta poco y beneficia mucho. La demanda de productos adictivos (i.e. tabaco, alcohol, azúcar) es bastante inelástica. Es decir, la reducción en la demanda será poca, a pesar del incremento de precio. Cualquier efecto del precio es transmitido directo al consumidor. El productor, que también es el que contrata a gente y paga sus sueldos, se ve poco afectado. Según la Organización Mundial de la Salud, la demanda es menos inelástica en sectores más pobres. Entonces, los sectores más pobres serán los que dejarán de consumir en mayor grado, y también son los que más se afectan por problemas de salud relacionados con estos productos (porque su acceso a la salud es más precario), lo que significa que la externalidad positiva de un impuesto de este tipo es mayor. Y esto sin tomar en cuenta la reducción del gasto para el sistema de salud público, que representa menos personas enfermas.

Pero el impuesto también refleja un problema en el manejo de la economía. Es decir, una planificación que se basa todavía en un desarrollismo petrolero, un manejo estructural de la economía que no ha variado mucho de lo hecho en los últimos 30 años, salvo en su inversión (y sus niveles de inversión). A pesar de que la inversión es abundante y ha transformado en muchos sentidos al país, también ha transformado la percepción de la gente sobre el rol del Estado y su tamaño. Y el crecimiento precipitoso del Estado (en muchos casos por previa ausencia) no fue manejado de una manera que demuestre su eficacia, su necesidad, y su transparencia.

Entonces la molestia parece ser esta. Aunque termina manifestándose como una oposición a un impuesto que solo produce externalidades positivas, y esto es un reflejo de una oposición que prefiere capitalizar de cualquier medida, así sea beneficiosa, incluso para ellos. Si en realidad creen que tienen la posibilidad de ganar la presidencia, entonces lo mejor que les puede pasar es llegar a un gobierno con una base fiscal que le permita seguir beneficiando a los ciudadanos (i.e. complaciendo a los votantes).
Es decir, el problema no es estar a favor o en contra. El problema parece ser quienes se dicen representar a cada lado. (O)