Cruda cotidianidad

- 13 de junio de 2018 - 00:00

Para otras jam-session de verba y jodedera, este resabio justo y necesario: “El ecuatoriano cambia (su comportamiento) en cuatro horas, es el tiempo del vuelo de Guayaquil a Miami”. Esa línea se la escuché a Fabricio Correa, después del afinamiento mental se le da el crédito al ñaño de Rafico.

Del diagnóstico fabriciano al análisis con buen amperaje ético y lógica esquinera, al tiro de mea culpa del Carchi al Macará. En calles, oficinas, mostradores de atención, salas de espera, aulas de clase y mil sitios más hay un karma insufrible y desquiciante. Y si el ingenuo ciudadano pregunta la causa de su purgatorio, la respuesta es para catálogo de absurdos: órdenes de Quito, así está en el reglamento y esas son las disposiciones. Dichas en tono inapelable. Hay otras de festival de gente dura: “yo qué sé”, “quéjese donde le dé la gana” o “¿y a mí qué?”.

Mesa redonda de cerebritos explicando las vainas conductuales de alguna gente ecuatoriana cuatro horas antes de Miami en avión: “Es la educación, porque los fallos cognoscitivos de la aplicación de la teoría de Piaget y la comprensión simbiótica del sujeto reflexivo y activo en el ámbito de su experiencia…”. ¡De madre! Al siguiente lunes, después del taller de buenísimas prácticas, la lluvia moja, el sol calienta y los usuarios mentando madre por lo bajo, porque Heráclito es un mentiroso: son las mismas aguas de la desconsideración al público.

Esas almas raras del buen trato o están estrenando cargo o son del grupo que trabajan por la gente sin importar blasón y por el sueldo, en ese orden. Ahora no se conduelan muy pronto con esos usuarios aperreados. En la calle, algunos de ellos son feroces con el desprevenido si tiene swing de humildad, ellos se comen la luz roja y abochornan al policía si les llama la atención: “No sabes con quién te metes”. ¡Huyuyuy! Ya sé, otra selva bastante peor que la otra es aquella del relacionamiento público.

Conclusión: No son esas cuatro horas de vuelo, es la impunidad. (O)