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Christian Gallo Molina

Criminalizar la investigación

12 de julio de 2021 00:41

A lo largo de la historia de la humanidad han sido contados los personajes que, con su forma de ver el mundo, cambiaron el futuro y trajeron consigo avance y progreso. Sin embargo, la gran mayoría de ellos no fueron reconocidos sino muchos años e incluso siglos después, como verdaderos genios adelantados a su tiempo. Y es que, el poder y los intereses, muchas veces conspiran contra la ciencia y el conocimiento.

Un 17 de febrero de 1600 moría condenado a la hoguera uno de aquellos visionarios que, en pleno auge de la contrarreforma, supo establecer que la Tierra no era el centro del universo y que este, en realidad, era infinito.

Giordano Bruno, monje dominico de origen napolitano, desde joven tuvo una especial comprensión de la ciencia, la filosofía y la astronomía. A diferencia de otros pensadores de su tiempo, Bruno no tuvo temor en manifestar sus ideas. Ferviente seguidor de Tomás de Aquino y defensor de una visión universal, consideraba que la comprensión del universo era también la base para la comprensión de Dios.

He ahí que su punto de vista sobre la religión, sumado a sus teorías sobre el movimiento de la Tierra (teoría heliocéntrica) y sobre el Universo (confirmados siglos después plenamente por la ciencia), le trajeron severos problemas y persecuciones por parte de la Iglesia. Tras varias ocasiones en las que se salvó de morir, luego de un largo y absurdo proceso fue condenado por herejía.

Bruno pudo haber salvado su vida, negando absolutamente todo aquello en lo que creía y abjurando todo lo que, luego de varios años de estudio e investigación, había logrado determinar. No obstante, decidió permanecer inalterable en sus ideas y aceptar con ello, el trágico destino que Clemente VIII había dispuesto para él, al considerarlo un hereje. Años después, la historia se repetiría con Galileo, con la notable diferencia que este abjuró de sus ideas y con ello salvó su vida. Sin embargo, el tiempo y la ciencia darían la razón a aquel que fue insensatamente criminalizado e ignominiosamente condenado.

La historia de Giordano Bruno se convierte entonces en un lóbrego recordatorio de cómo la ignorancia y el poder confabulan contra aquellos que, desinteresadamente, tratan de aportar al avance de la ciencia y el conocimiento en tiempos oscuros.

Ahora, si bien pareciese que aquellos tiempos han quedado superados por la humanidad, la realidad nos demuestra lo contrario, pues en pleno S. XXI, no son ya los dogmas y el poder de la Iglesia los que se ven en juego, sino sombríos

intereses de compañías, que, a costa de lograr réditos económicos, no temen jugar con la salud en un período tan crítico como al que el azar nos ha llevado.

Hoy, cuando la humanidad debería aunar esfuerzos en buscar mejores formas de detección del virus y perfeccionar la calidad de las pruebas diagnósticas, al menos en Ecuador, se busca criminalizar a aquellos que, a través de rigurosas investigaciones y estudios publicados en prestigiosas revistas científicas, han cuestionado la calidad y efectividad de varias de las pruebas que se venden en el mercado. El fin de dicho cuestionamiento: el beneficio de la colectividad, pues en una situación como la actual, el debate sobre la calidad y la efectividad de las pruebas es fundamental, ya que como se ha demostrado en lo que va de la pandemia, los falsos positivos pueden ocasionar un agravamiento de la ya tan comprometida situación sanitaria.

Quienes desempeñamos nuestra labor en la academia, sabemos que el debate científico favorece el avance del conocimiento, y, allende, favorece a la humanidad. Así, en un medio respetuoso de la investigación, ante la existencia de análisis y estudios que generan una controversia en el ámbito científico, lo normal es responder a dichos cuestionamientos a través de nuevos estudios e investigaciones en el mismo ámbito. De ahí que, la labor de las revistas científicas sea tan importante, pues en ellas se generan valiosos debates constructivos que, como hemos evidenciado en los últimos meses, aportan enormemente a la creación de soluciones. El mejor ejemplo, el desarrollo de vacunas contra el virus, que hoy por hoy, son la esperanza de la humanidad entera.

No obstante, nuestra realidad local es distinta y aquí, al menos, se ha optado por la salida fácil: judicializar la ciencia y criminalizar la investigación. Así, compañías que se han visto cuestionadas a través de artículos científicos, quizá mal asesoradas por sus procuradores, tratan de amedrentar a los investigadores recurriendo a la vía penal, aún cuando quienes patrocinan dichas causas, conocen perfectamente, que el tema no pertenece a dicho ámbito. De esta forma, se trata de apocar la limitada y esforzada labor investigativa que se realiza en países como el nuestro.

Imaginemos qué hubiese sido de la humanidad si a Pasteur lo hubiesen perseguido por investigar sobre la antibiosis, o si Jean-Baptiste Denys hubiese sido denunciado e investigado por aplicar la transfusión sanguínea; o, aún peor, si, a día de hoy, los fervientes defensores del mercurio o las sangrías como panaceas universales, hubiesen triunfado.

Entonces ¿por qué judicializar la ciencia? ¿por qué criminalizar a nuestros investigadores y científicos? ¿por qué pagar de esa forma a aquellos que buscan salvar vidas?

Una pericia en un proceso judicial no equivale, ni reemplaza, ni desvirtúa un valioso artículo o debate científico en una revista de prestigio, pues, a diferencia

del debate en el proceso judicial, donde obviamente, existen vencedores y vencidos, en el debate científico existen únicamente vencedores, ya que, con él, es la humanidad entera la que se beneficia.

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