Se perdió la oportunidad

- 20 de febrero de 2020 - 00:00

Desde el inicio de la República, la preocupación por el modelo de Estado y de sus instituciones ha sido tema de debate. Pasamos por momentos de construcción, de regulación, de tecnificación. Varias propuestas fueron revolucionarias, como las generadas por la Revolución Liberal y la Revolución Juliana. Otras propuestas se autodenominaron revolucionarias, como la de la dictadura del general Guillermo Rodríguez Lara y la autodenominada de la Revolución Ciudadana, del economista Correa.

En la década 2007-2017, el cambio propuesto tuvo mucho ruido y pocas nueces. Se caracterizó por una fuerte regulación y la presencia de una autoritaria tecnoburocracia estatal que no institucionalizó los postulados de la Constitución de Montecristi. Se quedaron en el papel y se caracterizó casi exclusivamente por una concentración y centralización del poder. Las instituciones se debilitaron intensamente con discursos con pocos fundamentos teóricos y políticos. Por ejemplo, el modelo meritocrático que se quiso implementar no se implementó y más bien se desconfiguró, contribuyendo a la creación de un sistema clientelar del servicio público nacional, en donde solo el 16% de funcionarios tiene nombramiento; el resto está bajo la modalidad de contrato. Solo ahí se retrata la desinstitucionalización del servicio público y el Estado.

El sistema de corrupción se profundizó y nos fragmentó como sociedad, al no disponer de un proyecto de Estado. Lo lamentable es que las condiciones estaban dadas para una nueva Revolución Juliana y lo que se hizo en esa década fue una involución estatal. Nunca se tecnificó de forma concreta, no se dio paso a la construcción de un sistema de profesionalización y carrera del servicio público. Si bien se avanzó en estructura, pero el precio fue muy alto en relación al beneficio. En términos relativos la inequidad en la distribución del ingreso disminuyó (medida por el coeficiente Gini), pero en valores absolutos la desigualdad se incrementó.

Tenemos ciertos edificios para el servicio público, pero se los dejó sin alma, corroídos por un enjambre de leyes y normas, con formas de corrupción grotescas y principalmente se negó el futuro de un nuevo Estado para una sociedad que mire la posibilidad de un desarrollo sostenido. (O)  

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