Contamíname

- 13 de octubre de 2018 - 00:00

La migración venezolana al país, de paso o permanente, ha desatado reacciones distintas: algunas de apoyo y solidaridad, otras de rechazo y franca xenofobia. Que los venezolanos deban migrar de uno de los países con mayores reservas de petróleo del mundo dice mucho de su gobierno cuyo proyecto realmente constituye un fracaso, aunque también dice mucho de sus élites económicas; ambas partes “empatadas catastróficamente” solo significan la ruina para ese pobre pueblo que migra en busca de tener una vida digna de ser vivida.

La migración para nosotros los ecuatorianos no es una realidad desconocida, al contrario, tenemos experiencias migratorias múltiples y hasta diásporas surgidas por la crisis económica. La migración nos ha traído fortalezas, la más visible, una economía que constantemente se nutre de las remesas de aquellos que no nos olvidan. Pero también la demostración de que el migrante ecuatoriano es tenaz, trabajador y tiene una capacidad de adaptación a su entorno. Ellos, orgullosos cuando retornan a su tierra, pueden ingresar en sus comunidades de origen con altivez y con nuevas experiencias a cuestas, lo cual nos enriquece profundamente.

La ignorancia y la falta de escrúpulos de algunas cabezas visibles ha llevado a auspiciar marchas xenófobas en contra de migrantes venezolanos. Sabemos que la migración venezolana a nuestro país es, en su mayor parte, solo de paso, pero aquellos que se quedan generan su propio empleo de carácter informal y luego, evidentemente, gastan para sobrevivir, lo que termina dinamizando la economía; de ahí que el argumento de que quitan empleos a los locales es una falacia.

Además, un grupo significativo de ellos tienen estudios de bachillerato y superiores, lo que constituye un aporte sin que hayamos gastado nada en su formación. Es verdad que se pueden generar algunas dificultades por el carácter caótico del desplazamiento, pero debemos tener en cuenta que se trata de una crisis humanitaria; es decir, se trasladan porque no tienen lo mínimo para sobrevivir, como alimentos, medicinas y bienes básicos.

Por todo ello creo que, para acogerlos mejor, debemos inspirarnos en la hermosa canción de Pedro Guerra que dice: “Contamíname, pero no con el humo que asfixia el aire/ ven, pero sí con tus ojos y con tus bailes/ ven, pero no con la rabia y los malos sueños/ ven, pero sí con los labios que anuncian besos/ Contamíname, mézclate conmigo, que bajo mi rama tendrás abrigo”. (O)

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