Yo, columnista

- 07 de enero de 2020 - 00:00

Después de haber escrito muchas columnas de opinión, he llegado a una conclusión (quizás banal): si uno espera ser leído más allá del ámbito de un público reducido, tiene que dedicarse –en general– a los temas de coyuntura.

En nuestro país, tales temas atraen muchísimo (pero muchísimo) más que aquellos relativos a la cultura o a los grandes problemas filosóficos y humanos. Y eso que –por hipótesis– las columnas del segundo tipo están destinadas a durar algo más. Las primeras, bastante a menudo, se van como el viento, aunque al inicio hagan algo de ruido.

Pero las otras interesan menos. Muy poco y a muy pocos. Con frecuencia es más agradable escribirlas, esto es verdad. No habría, pues, que quejarse (después de todo, se supone que se escribe también para uno mismo). Pero esta respuesta no me satisface del todo.

Me explico: Aunque hable en primera persona, debo confesar que esto es algo que he oído decir a más de uno. Algunos amigos que escriben columnas suelen lamentarse, cada tanto, de esta situación. Quizás no sea aventurado pensar, por ello, que se trata de un problema más complejo que la mera queja: “Me leen más cuando escribo sobre un tema de coyuntura”.

Aquí hay algo de ego, dirá alguno. Soy perfectamente capaz de aceptarlo, a condición, nada más, de que se me conceda que tal vez el problema sea más profundo, de que quizás este sea uno de tantos síntomas de un fenómeno más amplio: la falta de interés que hay en Ecuador por la pintura, la literatura, el cine de culto, la filosofía, entre otros. Los temas coyunturales, por su parte, multiplican a los lectores y a los curiosos, y también las respuestas fáciles.

Y hay quienes han levantado sus carreras sobre esta base: un público más o menos dispuesto, que no espera grandes debates o posiciones profundamente razonadas o estudiadas, solo que alguien –en el programa de la mañana o la columna del diario– le diga que ha dado en el blanco.

Y luego a otra cosa. ¡Ojo! No digo que algunos temas de coyuntura no valgan la pena, pero me parece que allí se ha estancado, como en tantas otras cosas, nuestro país. Se lo he oído a muchos, de manera que he creído que debía quedar por escrito, aunque esta columna –ya se imaginarán ustedes– cosechará pocos lectores. (O)

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