Carapaz rima con capaz

- 10 de junio de 2019 - 00:00

Muchos de ustedes, quienes pacientemente me leen, han saboreado aquello de tocar bastantes puertas de amigos, familiares, empresas públicas, privadas, sin que ninguna se abra. Que no crean en su oficio “fuera de lo común”, desprestigiado, des-sujetado de lo que sí es popular en nuestro medio (que no por ser popular quiere decir que sea bueno), tenga algún rédito junto a ustedes en un futuro.

Pero la necedad traducida en temple puede ser superior a la fuerza inmanente de rendirse. Todos los incrédulos, enemigos y obstáculos se convierten en el motor para seguir y luego, muy típico, una vez alcanzada la cima, hay otros sacando pecho… llenándose de orgullo, regodeándose del triunfo que uno ha alcanzado. Y qué ganas de decirles: “¡Hey!, ustedes no tienen nada que ver con esto… es mi mérito y solo mío”. Y dirán: “¡Qué falta de humildad! ¡Egoísta!”.

Los triunfos propios no se pueden compartir con desentendidos porque esos sentimientos, subjetividad del esfuerzo, las frustraciones vividas y los días en vela son intransferibles. Nadie puede apropiarse del esfuerzo subjetivo y físico del otro, por más que intenten comprenderlo. Tampoco se deben compartir porque quien no abraza, ni puede notarnos en nuestro menester, ¿por qué tendría que ser merecedor de nuestro triunfo y su bondad?

Debemos terminar con ese folclor ecuatoriano romántico de esperar a ver salir de lo más pobre a los campeones y que solo notamos cuando vuelan alto como el cóndor.

En ese mérito del otro no tuvimos absolutamente nada que ver. Si nos asombra y nos emociona tanto, ¿será por ser algo poco común entre nosotros? Quiere decir que no estamos acostumbrados a brillar: a ser mejores personas, ciudadanos, profesionales, ni se diga… políticos. ¿Nos subestimamos?

Lo que también se ve reflejado en nuestros problemas como sociedad. Esperamos a alguien con sangre de campeón que nos saque de la miseria, aunque lo lapidamos si llegase a fracasar.

Por eso Richard Carapaz no nos deja su triunfo, sino su ejemplo. Mi respeto. (O)