La vida tranquila

- 29 de enero de 2020 - 00:00

Mientras realizaba un trabajo de investigación en el cantón Nabón, ubicado en la provincia de Azuay (sur del Ecuador), allá por 2014, ante una pregunta realizada a los y las representantes campesinos e indígenas sobre qué significaba para ellos el Buen Vivir, veía cómo se iba perfilando una respuesta recurrente. En realidad –lo veo ahora–, una obra de síntesis filosófica extraordinaria que solo podía haber sido concebida en esa suerte de revelación profunda que proviene del estar en contacto con la realidad de la vida y de la naturaleza: “El Buen Vivir es la vida tranquila”.

Desde una mirada academicista, la soberbia ensombrecía esta magistral construcción conceptual expresada sin abstraccionismos, porque esperábamos justamente eso, el abstraccionismo vacuo de la imprecisión teórica.

Pero con un poco de humildad se puede ver que la verdad anida ahí, en esa respuesta. El Buen Vivir es el vivir tranquilo. Vaya a saber qué significa vivir tranquilo para cada persona, pero es justamente eso lo que permite imaginar un horizonte imaginario que no ha sido cooptado por la lógica colonial del neoliberalismo.

El vivir tranquilo nos remite necesariamente a sopesar adecuadamente ese juego de delicados equilibrios que requerimos para ser y para vivir, no solamente desde una óptica individual, sino grupal y colectiva. El equilibrio es siempre una tensión entre varias fuerzas que encuentran en un determinado punto la suspensión de la pugna y, por tanto, la armonía. Aquí el poder no cesa, el poder es ese eje constituido a partir de aquella fusión de las diferencias en beneficio de todas las fuerzas.

Una imagen de singular importancia para la democracia; si trasladamos lo dicho a esta dimensión, es claro que no puede haber equilibrio con imposición, ni armonía con la anulación de la diversidad, ni tranquilidad sin el cuidado previo y la participación explícita del sujeto, el grupo o la comunidad.

Por lo dicho, me atrevería a decir que, para tener una sociedad distinta, debemos inventarnos un poder que tenga como principio el respeto y el cuidado de la vida, y cuyo fin esté concentrado en lograr una vida tranquila. (O)

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