De bisiestos y arrogantes

- 25 de febrero de 2020 - 00:00

El ego hace que los hombres maduros actúen como adolescentes. El recientemente fallecido periodista Jorge Ribadeneira solía hacer bromas a sus colegas, aprovechando esta debilidad del ego inflado.

En una ocasión falsificó un telegrama a nombre de un buen periodista de origen carchense. Decía el cable: “Señor N.N. el Municipio de Tulcán ha decidido bautizar una calle de esta ciudad con su nombre. Sírvase asistir a la sesión solemne de aquí a un mes para oficializar este homenaje justo que rendimos a su valiosa carrera periodística”. El aludido se creyó y las siguientes dos semanas estuvo ensayando el discurso de aceptación. Un tercer colega se compadeció de N.N. y le dijo la verdad. La venganza de N.N. contra Jorgito les contaré otro día. Lo cierto es que el ego nos convence de que valemos más de lo que somos.

El más antiguo calendario romano tenía estos 12 meses empezando en marzo, abril, mayo, junio, quintiembre, sextiembre, septiembre, octubre, noviembre, diciembre, enero y febrero; en ese orden. Los meses impares tenían 31 días y los pares, 30 excepto febrero que tenía 29 días, aunque cada cuatro años tenía 30, para compensar la duración del año (365 días y 6 horas).

Cuando Julio César llegó al poder y canceló la república romana, exigió que el mes de su nacimiento (quintiembre) pasara a llamarse Julio en su honor. El militar más famoso de Roma pasó así a la posteridad y su nombre consta hasta hoy, 2.000 años después, en todos los calendarios occidentales.

Su sucesor, que tomó el sobrenombre de Augusto, no quiso quedarse atrás y exigió que su mes de nacimiento (sextiembre) se llamara desde entonces Augusto, que en español moderno decimos agosto. Pero su arrogancia fue mayor y razonó así: “¿Por qué Julio tiene 31 días y Agosto solo 30?” De nada sirvieron las razones de impares y pares.

Al final, quedó agosto con 31 días. Para compensar, le quitaron un día al pobre febrero, dejándolo en 28 y 29 cada cuarto año. La arrogancia humana afectó el calendario y nadie lo corrige. (O)   

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