¡Bendita condena!

- 14 de noviembre de 2018 - 00:00

No importa la idea que tenga de Dios o como quiera llamarlo (o llamarla): Alá, Yahvé, Oloddumare, Jah o qué sé yo. “¡Con los santos no se juega!”, advierte la nación de babalawos.

La esencia divina de nuestra humanidad es el saber, sea que se defina atea o agnóstica, somos y seremos todo aquello que alcancemos a saber antes del homo fugit velut umbra (escrito admonitorio en el cementerio de Esmeraldas) o sea ‘el hombre escapa de la luz a la sombra’. Un día y de manera definitiva. La ignorancia es mala invención de los grupos opresores y racistas, ya se sabe: en país de iletrados quien tiene medio alfabeto comercia los engaños.

Las divinidades no contemplan en los diálogos sus orígenes, desafiante secreto y tal, pero sí narrativas épicas. Ellas tienen sus parlamentos de santos (u orishas) para relacionarse con la comunidad pata al suelo o sea con nosotros, mujeres y hombres. Y porque tienen narrativas que convocan a la lectura. Leer es el medio inevitable para alcanzar el objeto: saberes, ciencias, conocimientos. Tienen sus libros: Biblia, Talmud, Corán, Tablero de Ifá, quipocamayos, tabletas de arcilla, mejor dicho, la lectura es acto divino.

El medio para leer evolucionó por demanda de la multitud y comodidad individual mediante símbolos escritos en piedra, hueso, madera, papiro (el antecesor del papel), pergamino, papel y ebook. Por este lado del planeta a los dibujitos se les nombró ‘letras’ y corresponden, aunque no exactamente, a nuestras sonoridades de comunicación. Hablamos de fonemas y grafemas.

De ahí salen los alfabetos, las tablas periódicas de estos alquimistas de la imaginación, mujeres y hombres, muchos con elaboraciones portentosas y otros no tanto, pero todas, toditas necesarias. Las narrativas fueron de oído a oído y de ojo a ojo, para contar historias o contar bienes (operaciones de cálculo). Desde los poemas o novelas rupestres, pasando por los huesos de Ishango (matemáticas de hace 25 mil años, en la R D del Congo) y llegando a estas páginas. Axê. (O)