Antropología de un fracaso

- 20 de septiembre de 2019 - 00:00

Hallar las causas del desastre parece imposible. Al menos en Argentina y en su triste derrotero sociocultural de los últimos años. Repasar las últimas décadas de un país donde los milagros se llaman Diego o Astor y se apellidan Borges o Bergoglio, duele.

Aburre. Da bronca. Un territorio vasto y despoblado, cargado de recursos, donde alguna vez la escuela pública fue el orgullo de muchos, condenado a la esencia de un tango. Por estas pampas, lo único que se socializa es la filosofía de la derrota, desde tiempos inmemoriales teniendo en cuenta que el ser nacional es de memoria corta.

Para encontrar el origen a tanto desastre organizado, para tratar de explicar la lógica de la corporación político-empresarial, que tiene a Argentina de lamento en lamento y de devaluación en devaluación, desaprovechando cada oportunidad histórica que se le presenta, hay que revisar con ahínco, devoción y entendederas a algunos de sus pilares literarios. No nos haría falta mucho más.

Si hubiésemos entendido, al menos leído a Roberto Arlt y sus Siete Locos, hubiésemos detectado el gen. Si hubiésemos accedido a tiempo al poema de Julio Cortázar, “La Patria”, tal vez nos hubiésemos evitado cultivar nuestro deporte nacional: el de tropezar cien veces con la misma piedra.

Un poco más atrás, a comienzos del siglo XX, José Ingenieros (anche se nato in Italia), uno de los intelectuales más brillantes que haya dado el país, nos legó la biblia nacional y tal vez, la verdadera Carta Magna de los argentinos. El hombre mediocre (1913) y Evolución de las ideas argentinas (1918).

Son cuatro obras fundamentales para entender lo que pasó, lo que pasa, y “Lo que vendrá” (gran composición de Piazzolla). El problema no es ya la grieta, ni la economía, ni el peronismo ni el antiperonismo. Es la argentinidad. “Somos un país de gente decente, cada vez que encontramos un trabajo lo devolvemos…”, suele decir Jorge, un barrendero del barrio de San Telmo, casi un calco de un personaje de Arlt.

Aun así, siempre queda una esperanza. Al menos en la literatura. Y ahí otra vez Arlt, para quien “el futuro será nuestro por prepotencia de trabajo…”. (O)