Felipe Rodríguez

Arauz y mi tropical país del infierno

18 de enero de 2021 00:00

En el ancho espectro de ítems que permiten clasificar a los países entre primer y tercer mundo, se omitió el más importante, quizá el único que categóricamente distancia a los países civilizados de las aldeas medievales: el miedo al poder del nuevo caudillo.

Arauz aparece en el mapa electoral como bomba de gas. Me encantaría contarles algún dato anecdótico sobre él, pero no tengo la menor idea de quién es; sin embargo, debemos profundizar sobre el fenómeno de lo que representa (real o ficticiamente) en la papeleta: una oportunidad para la venganza. Y no es que yo asevere que será un tirano (pues no lo sé), es que me preocupa que en este tropical país, que de caserío pasó a roquerío, ese sea el termómetro para medir la temperatura de la democracia.

Civilización es un lugar donde lo incierto de quien será el candidato ganador radica en la ideología de los candidatos, en sus posturas políticas, sociales y económicas, pero jamás sobre en qué lado de la cancha estás para saber si los nuevos gobernantes te van a perseguir hasta aniquilarte o te van a dar aquellas ventajas que sólo se generan de la amistad.

Veo a morenistas, abogados, dirigentes, jueces, fiscales, empresarios, ministros, comandantes, periodistas, políticos, temblando ante la probabilidad del triunfo de Arauz, pensando a dónde irse a vivir, cómo proteger a sus familias, como sobrevivir a la inminente envestida e investida. ¿Qué clase de tercer mundo somos cuando debemos temer por nuestras vidas según quien gana la presidencia? ¿Qué clase de tercer mundo seremos para que existan candidatos dispuestos a masacrar, encarcelar y dejar en la miseria a sus enemigos el día que les regrese el poder? Somos la peor clase de tercer mundo; uno que apesta, que repugna.

Culpable es la historia política de un país donde el partidismo se ha sustentado en la solidez de la rigidez de la persecución, pues el correísmo también es víctima y victimario de este calvario.

Nuestra democracia está sustentada en la política del exterminio, donde para no tener oposición debes destruirla, lanzando al SRI, la Contraloría, a la prostituida justicia, contra tus rivales. Aquí nadie vota con esperanza, aquí se vota con miedo, miedo a que tus enemigos lleguen al poder, aquí en nuestro propio infierno.

Bienvenidos al tercer mundo, donde la esperanza de vida no radica en el acceso a la salud, sino en quien gana las elecciones; donde el progreso se mide en la densidad de la revancha. La misma monstruosidad vive en el que persigue como en sus víctimas, son caras de la misma moneda, de la misma historia, del mismo país.

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