Anomia

- 05 de agosto de 2018 - 00:00

En años recientes se ha hecho común el uso de este término para describir una situación en que los sujetos actúan carentes de normas o de reglas claras respecto a cómo dirigir sus acciones. El término fue acuñado por el sociólogo francés Emile Durkheim a finales del siglo XIX.

Durkheim sostenía que la “anomia”,  más que una condición sicológica, era una situación objetiva en la cual las personas se veían inmersas, como fruto de grandes cambios sociales que destruían la vigencia de las pautas tradicionales de conducta y los valores que daban sentido a la vida de los individuos.

Típicamente la anomia se produce en momentos de cambio social rápido y profundo, que hace inoperantes e inaplicables las formas de vida moral precedentes, pero sin darle a los sujetos otras alternativas que eviten la desorientación y la perdida de sentido de sus existencias.

Un mundo anómico es un mundo en donde los humanos carecen de brújulas morales que les permitan saber que esperar de los demás y que pedirse a sí mismos. Durkheim pensaba que una de las explicaciones por el aumento de fenómenos como el suicidio, la enfermedad mental y las adicciones tenía que ver con esta destrucción impetuosa de los marcos morales de la vida común.

En un mundo anómico las personas no tienen -en definitiva-  más orientación que tratar de maximizar sus ventajas individuales  a como dé lugar y convirtiendo el axioma de “todo vale”  en el único referente moral de su accionar. Cabe preguntarse en qué medida la política y la economía modernas, en países como el nuestro, se entienden desde la perspectiva propuesta por el concepto de “Anomia”. 

Existen enfoques alternativos para entender la tan lamentada des-institucionalización  de nuestra vida colectiva, pero este es uno de ellos.

Por otra parte, cabe preguntarse cuanto tiene esta de nuevo, y, si, por el contrario, lo que contemplamos todos los días no es sino la perpetua reiteración de lo “mismo” que vuelve cíclicamente a su siempre igual punto de partida. (O)