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José Valés

No nos salva ni Maradona

04 de diciembre de 2020 10:30

Los argentinos cumplen una semana sin su Dios, Diego Maradona, entre nosotros y no paran de pedirle milagros. Futbolísticos, como el de muchos simpatizantes de Racing, el pasado martes en el Maracaná (cumplido con creces), para recuperar la salud de un familiar o bien para que la situación económica cambie de una vez y para siempre. No lo dejan descansar, pobre Diego.

No faltaron los fanáticos que pidieron la creación de un billete de 10 mil pesos con el rostro del ídolo, viendo y sintiendo el paso firme de la devaluación monetaria y el nivel al que llegó la importación de billetes de mil pesos, por más de 20 millones de dólares desde Brasil, en las últimas semanas.

Con una economía estancada, por obra y gracia de la mala praxis de los últimos años y del covid-19, y sin muchos reflejos políticos para poder enderezar la crisis, Argentina parece ir de cabeza a un nuevo estadio de su crisis crónica, en términos económicos. Una nueva ratificación que el país más austral de las Américas es un no sistema con un eufemismo llamado peso como moneda.

La cotización del dólar atraviesa, por estos días, una suerte de Eté Indien (verano indio que dicen los franceses) o veranito de San Juan, entre nosotros, hispanoparlantes al fin. Como si estuviese tomando envión para atravesar nuevos nubarrones o una de las acostumbradas tormentas cambiarias, a las que nos tiene acostumbrado este “Belén maradoniano”.

Un país con el 40,9% de sus habitantes en la pobreza, según los datos oficiales de primer semestre de este año, sin una matriz productiva reconocible, atado a la producción agrícola ganadera, cuan economía del siglo XIX, no vislumbra un futuro muy halagador, en medio del gran ruido que suelen generar las facciones del poder.

Tal vez la mejor imagen de este presente, se dio en el mismo funeral de Diego Maradona (síntesis perfecta de la esencia nacional)  justo cuando los ánimos entre los cultores de la Diegomanía y las fuerzas del orden ya comenzaban a acariciarse con fuerza. Allí apareció el presidente, Alberto Fernández hablando a través de un megáfono para pedirle calma a la multitud. Un animador de Kermese no lo hubiese hecho mejor.

Hasta aquí, mucho Diego, mucho dolor, mucha religión camuflada de fútbol, pero la planificación, las soluciones, las coordenadas para conocer el rumbo, no están ni se las esperan.

Casi como si el país fuese ese buque que el polaco Joseph Conrad, imaginó en su novela “La línea de Sombra” (The Sadows Line, 1917), con la tripulación enferma y enajenada y sin viento de cola, al que sólo el espíritu de algún miembro de la tripulación y un milagro lo salvarían de un naufragio.

Y de milagros está hecho el discurso argentino. Aunque en el fondo somos consciente de que si seguimos el canon de Enrique Santos Discépolo, a nosotros no nos salva ni Dios, perdón… ni Maradona.